Blog_Dra.-Paula (129)
Blog de la Doctora Paula
Medica especializa en Medicina Física y Rehabilitación trabaja en el servicio de Rehabilitación del Hospital Universitario de Fuenlabrada
Bébédjia, a 5 de marzo de 2026
L'essence
Suena el despertador (demasiado pronto) como cada mañana.
Me cuesta levantarme más que nunca. Me quedo 15 minutos más dentro de mi crisálida. Sin dormir, escuchando el ruido de la calle, las personas saludándose, las puertas de mis compañeros al cerrarse.
Hoy no me puedo levantar.
Y no solo porque ayer fue un día alucinante - y agotador- que incluyó la visita a mis niños discapacitados y la alegría trasnochada de nuestra ya tradicional cena española de despedida, sino porque cuando me levante hoy comenzaré a descontar pasos por esta tierra que amo tanto.
Hoy es un día tristeliz, en el que estás pero ya no estás, en el que recoges facturas, justificantes, informes de actividad. Es día de despedidas y de atar cabos sueltos. De dejar a cada cual cosas que no has utilizado y que sabes que aquí vienen tan bien…..
Hoy, de nuevo, una brisa ligeramente fresca -y algo más fuerte de lo habitual- ha acompañado los pasos pesados de los nasaras que, a pesar de que quieren volver a ver a sus seres queridos y pegarse la ducha del siglo, no se quieren marchar tan pronto. Y es que queda siempre tanto por hacer…
Kaii ! Déjà? Tu vas nous manquer !
Y, una vez más, cuando digo aquello de que el año que viene -Inshallah- nos volveremos a ver, ellos responden igual.
Si je suis encore là…
No lo dicen con miedo ni con pena. Aquí son tan conscientes de la fragilidad de la vida, que se despiden un poco “para siempre”.
Voy de aquí para allá. Un poco inconscientemente, he pasado menos tiempo en la pediatría de lo que me gustaría. Pero es que no quiero seguir enamorándome de otro pequeño enfermo, de otra madre, de otra kaká.
Un rato en cada sitio está bien. Aunque luego siempre acabe con la lágrima fuera al despedirme de Pélagie y Seïbou en la pediatría.
Hoy hay que preparar los frascos que me llevo conmigo. Y hago repaso para que no se me olvide nadie ni nada.
Los escojo con cuidado y los cierro con un tapón que guarde la esencia, pero que me resulte suficientemente fácil abrir en caso de emergencia.
En el botecillo de cristal de Baccarat sigo guardando a los pequeños más frágiles: José, Gabriel, Paul, Pauline, Paulin y Michelin se unirán a la tropa de los años precedentes. Voy a dejar aquí también a Kadidja, la malnutrida de ojos blancos que hoy mismo vuelve a casa con sus úlceras curadas y con un poquito más de chicha que lucir.
En el frasco de cristal de zafiro es donde descansa mi precioso Survi -su oreja pegada a mi pecho, sus dedos índice y pulgar jugando con el lino de mi camisa blanca-. Este año lo abro para que lo acompañen Adán, la prematura que falleció anoche, Synthia y el resto de niños que fallecieron en la pediatría y en la maternidad.
En el bote más original y resistente de todos -de vidrio templado de color añil- están todos los discapacitados con los que compartí la mañana y la mesa ayer. Les he pedido que se echen a un lado y le hagan un hueco generoso a Jeannine. Y que vayan preparando otro por si el padre del niño al que he visto por primera vez hoy - con secuelas de malaria - decide llevarlo a Handicapés.
El bote de los huérfanos apadrinados de “Estudiar en Chad” es más espacioso. Tiene vetas de colores y se escuchan la música y las risas que suenan en el interior. He escuchado a Jeanpolito decirles a los demás -con su índice erguido y su mirada vehemente- que el nuevo hogar escuela es, en realidad, una casa de europeos, porque no le falta detalle…pero que él en ese water no se piensa sentar.
He metido en el bote de madres - sí, en el que está mi amiga Blanchie- a Charité, Florence, Adeline, Sonia, Fyssene y Kathline. Se ríen de la nasara con pompero que chapurrea gambai. Y cómo me gustan sus carcajadas, aunque sean a costa de servidora.
Añado a Creni, Geni y Merci - todas combonianas- en el frasco que contiene a las misioneras de todas las congregaciones con las que, en un momento u otro, he tenido la suerte de coincidir. De este bote uno inhala amor, servicio y serenidad.
Es ideal, también, para las crisis de fe.
El frasco de sabores sigue lleno de los suculentos platos de Jeanette. Dentro van las lentejas con arroz, el ratatouille, la pizza de cabra y la mousaka con bechamel de leche de bebé. Voy a meter también el pato de Nodji y el plato de boule con feuilles d’oseille y sauce de cacahouète que me comí en el cole de Mbikou ayer. Fuera quedan las vísceras, delicatessen para los extranjeros, y la filante sauce longue.
El bote de la naturaleza está lleno de acacias, de árboles de nim, de los frondosos mangos, de los árboles de karité y neré, de buganvillas, de flores del desierto y de los pocos baobabs que crecen por aquí.
El cielo, sus estrellas, la luna que crece desde abajo, el río Logone y los hipopótamos que habitan en él.
Me guardo, en el bote anaranjado de sensaciones que no quiero olvidar, mi reencuentro con Cenicienta, el nacimiento del hijo de Adama y lo que sentí el día que inauguramos la escuela hogar de Estudiar en Chad.
El primer parto en la nueva maternidad, los bailes de anoche, los momentos de risas -muchos, muchísimos- , más abundantes en esta edición, y los más tristes. Todo esto que he sentido- este año y los precedentes- seguirá siendo mi brújula y el ancla que mantenga mis pies -estos pies saturados de arena chadiana- en la tierra.
El color azul de Saint Joseph. Y de la escuela.
Los paños tendidos en la pediatría.
Las marcas en la cara de los Mbororós.
Mis compañeros.
Mis amigos.
Nos espera, como siempre, el viaje de vuelta - el calor y el polvo- , la llegada al centro de acogida y el vuelo de madrugada.
Termino el día dejando una bolsita de cero negativo en el banco de sangre -que todos hemos donado, pero mi grupo es el más codiciado ;)- , la comida en la pediatría y diciendo adiós, en silencio, a todos y cada uno de los pequeños que habitan “el servicio bonito”.
Me despido, de vosotros, como siempre.
Dando gracias a todos los que me habéis acompañado, un año más, en este viaje.
A los que habéis compartido la tristeza, las alegrías, la enfermedad, la vida y la muerte, la injusticia y también la belleza de esta parte del mundo.
A todos a los que os importa el sufrimiento ajeno y os enoja la desigualdad.
A los que creéis en nuestra fundación y sus proyectos.
A vosotros, que soñáis con un mundo mejor, más justo y solidario.
Nos vemos en la web www.enganchados.org, en nuestro perfil de Instagram @enganchados_oficial, en Facebook (Enganchados ONG) o en Twitter @eCHADnosunamano.
Merci. Oi djo. شكرا لك.
À tout ! Beré ! إلى اللقاء
Bébédjia, a 4 de marzo de 2026
El país de los niños
Niños.
Caminando por el borde de la carretera.
Saliendo del colegio en tropel.
Debajo de un mango, intentando hacer caer sus todavía inmaduros frutos.
Niños.
Escondidos tras los muros derruidos de sus casas.
Vendiendo caña de azúcar.
Viajando a la espalda de sus madres, abuelas o hermanas.
Muchísimos niños.
En uniforme escolar o con las ropas raídas y desgarradas.
Quizá eso es una de las cosas que más llama la atención cuando llegas por primera vez a Chad.
Y es que no es solo una impresión: casi la mitad de la población de Chad tiene menos de catorce años.
Aquí la vida insiste.
Insiste seis, siete, ocho veces en el mismo vientre.
La maternidad precoz y la creencia de que la riqueza se mide por el número de hijos que tengas hacen que este país tenga una de las tasas de natalidad más altas del mundo.
Pero también ostenta otros récords menos celebrados: la mortalidad materna y la mortalidad en menores de cinco años, que se encuentran entre las más altas del planeta.
En Europa morir por embarazo es algo extraordinario. Ocurre en menos de cuatro mujeres por cada cien mil partos.
Aquí, en Chad, una de cada dieciocho mujeres morirá por causas relacionadas con el embarazo a lo largo de su vida.
En 2025 se atendieron 814 partos en Saint Joseph, en la antigua maternidad, en el paritorio oscuro y estrecho de Saint Joseph.
Y, aun habiendo ocurrido en un centro sanitario, 14 madres y 117 recién nacidos no lo superaron.
Son demasiados.
Pero ojo. Solo uno de cada diez partos ocurre en un hospital.
Normalmente las mujeres se acuclillan en sus casas y reciben a sus hijos sobre la tierra mientras una abuela o un marido corta el cordón con la primera cuchilla que encuentren.
Y cuando algo va mal, siguen intentándolo durante horas -a veces días- hasta que, desesperados, vienen al hospital.
Fetos macerados -casi la mitad de los recién nacidos muertos-.
Madres desangradas, muchas infectadas.
De las mujeres que dan a luz en el hospital, muy pocas han realizado un seguimiento básico del embarazo, a pesar de que los controles prenatales son gratuitos y están financiados por enganCHADos.
Y esta es solo la foto de lo que ocurre en el hospital.
¿Os imagináis lo que pasa en las aldeas alejadas?
¿Cuántos niños no logran superar el parto, las primeras horas de vida, una semana…?
¿Y cuántas mujeres se marchan con sus hijos?
He hablado mucho con enfermeras y matronas sobre cómo mejorar esto.
Los precios del parto se han reducido tanto que dar a luz aquí cuesta lo mismo que en el hospital del Estado. La diferencia es que allí, muchas veces, el dinero -pagado discretamente- termina directamente en el bolsillo de quien atiende el parto, sin que revierta en mejorar el hospital.
Está claro que hay que sensibilizar.
Eso se hace en la consulta prenatal.
Pero ¿cómo se sensibiliza a las mujeres que nunca vienen?
Algún año hemos probado con pequeños incentivos: un jabón, un paño, algún detalle para las mujeres que vienen a Saint Joseph a parir.
Los resultados tampoco han sido espectaculares.
Por el momento, enganCHADos, con la ayuda de SEMERGEN, ha invertido en la construcción de un nuevo edificio comunicado con la antigua maternidad.
Cuenta con un amplio paritorio - con hasta tres puestos si la cosa se anima-, una sala de dilatación, una consulta prenatal y el despacho médico.
Ayer estrenamos, por todo lo alto, esta nueva maternidad luminosa y amplia con la llegada al mundo de Josephine -en honor a Saint Joseph-, una preciosa y sana niña rolliza cuya madre, de tan solo 17 años, ya había perdido un hijo en un parto prematuro un año antes.
Sonia -que así se llama la joven madre- fue la primera en utilizar la sala de dilatación.
Aunque lo de utilizar es inexacto, porque la pobre solo pedía estar de pie paseando.
Y fue también la primera en dar a luz, en absoluto silencio, a la gon dené Josephine -esta vez no la bauticé yo, sino Sor Susan-, a quien inscribirá, Dios sabe cuándo, en el creativo registro civil de Bébédjia.
Y me apuesto lo que sea a que cumplirá años el uno de enero ?
Niños.
Caminando por el borde de la carretera.
Saliendo del colegio en tropel.
Debajo de un mango, intentando hacer caer sus todavía inmaduros frutos.
Niños.
Escondidos tras los muros derruidos de sus casas.
Vendiendo caña de azúcar.
Viajando a la espalda de sus madres, abuelas o hermanas.
Muchísimos niños.
En uniforme escolar o con las ropas raídas y desgarradas.
Quizá eso es una de las cosas que más llama la atención cuando llegas por primera vez a Chad.
Y es que no es solo una impresión: casi la mitad de la población de Chad tiene menos de catorce años.
Aquí la vida insiste.
Insiste seis, siete, ocho veces en el mismo vientre.
La maternidad precoz y la creencia de que la riqueza se mide por el número de hijos que tengas hacen que este país tenga una de las tasas de natalidad más altas del mundo.
Pero también ostenta otros récords menos celebrados: la mortalidad materna y la mortalidad en menores de cinco años, que se encuentran entre las más altas del planeta.
En Europa morir por embarazo es algo extraordinario. Ocurre en menos de cuatro mujeres por cada cien mil partos.
Aquí, en Chad, una de cada dieciocho mujeres morirá por causas relacionadas con el embarazo a lo largo de su vida.
En 2025 se atendieron 814 partos en Saint Joseph, en la antigua maternidad, en el paritorio oscuro y estrecho de Saint Joseph.
Y, aun habiendo ocurrido en un centro sanitario, 14 madres y 117 recién nacidos no lo superaron.
Son demasiados.
Pero ojo. Solo uno de cada diez partos ocurre en un hospital.
Normalmente las mujeres se acuclillan en sus casas y reciben a sus hijos sobre la tierra mientras una abuela o un marido corta el cordón con la primera cuchilla que encuentren.
Y cuando algo va mal, siguen intentándolo durante horas -a veces días- hasta que, desesperados, vienen al hospital.
Fetos macerados -casi la mitad de los recién nacidos muertos-.
Madres desangradas, muchas infectadas.
De las mujeres que dan a luz en el hospital, muy pocas han realizado un seguimiento básico del embarazo, a pesar de que los controles prenatales son gratuitos y están financiados por enganCHADos.
Y esta es solo la foto de lo que ocurre en el hospital.
¿Os imagináis lo que pasa en las aldeas alejadas?
¿Cuántos niños no logran superar el parto, las primeras horas de vida, una semana…?
¿Y cuántas mujeres se marchan con sus hijos?
He hablado mucho con enfermeras y matronas sobre cómo mejorar esto.
Los precios del parto se han reducido tanto que dar a luz aquí cuesta lo mismo que en el hospital del Estado. La diferencia es que allí, muchas veces, el dinero -pagado discretamente- termina directamente en el bolsillo de quien atiende el parto, sin que revierta en mejorar el hospital.
Está claro que hay que sensibilizar.
Eso se hace en la consulta prenatal.
Pero ¿cómo se sensibiliza a las mujeres que nunca vienen?
Algún año hemos probado con pequeños incentivos: un jabón, un paño, algún detalle para las mujeres que vienen a Saint Joseph a parir.
Los resultados tampoco han sido espectaculares.
Por el momento, enganCHADos, con la ayuda de SEMERGEN, ha invertido en la construcción de un nuevo edificio comunicado con la antigua maternidad.
Cuenta con un amplio paritorio - con hasta tres puestos si la cosa se anima-, una sala de dilatación, una consulta prenatal y el despacho médico.
Ayer estrenamos, por todo lo alto, esta nueva maternidad luminosa y amplia con la llegada al mundo de Josephine -en honor a Saint Joseph-, una preciosa y sana niña rolliza cuya madre, de tan solo 17 años, ya había perdido un hijo en un parto prematuro un año antes.
Sonia -que así se llama la joven madre- fue la primera en utilizar la sala de dilatación.
Aunque lo de utilizar es inexacto, porque la pobre solo pedía estar de pie paseando.
Y fue también la primera en dar a luz, en absoluto silencio, a la gon dené Josephine -esta vez no la bauticé yo, sino Sor Susan-, a quien inscribirá, Dios sabe cuándo, en el creativo registro civil de Bébédjia.
Y me apuesto lo que sea a que cumplirá años el uno de enero ?
Bébédjia, a 3 de marzo de 2026
Nací el 1 de enero
He descubierto el secreto de la eterna juventud.
No está en las cremas caras ni en el yoga ni en el colágeno hidrolizado.
Está en el registro civil de Bébédjia.
Mientras los europeos intentamos -con deporte, hábitos saludables y el sometimiento a diferentes torturas faciales y corporales- seguir pareciendo jóvenes, los chadianos han resuelto el paradigma de la juventud sin tamaño esfuerzo.
El 90% de los partos ocurren en el domicilio y nadie se ocupa de ir al registro a inscribirlos.
Gran parte de los chadianos no sabe qué día nació y, total, aquí se celebra más la muerte que la vida, así que poco importa el número de vueltas al sol que hayas dado, porque la importante siempre será la última.
Como no hay obligación de ir al registro nada más parir, uno va cuando le viene en gana. Entonces puede proceder a declarar la fecha de nacimiento que le brote en ese momento. Y este trámite lo puede hacer cuantas veces quiera.
Total, que si alguien como yo - que reniega de los 50- quiere volver a la treintena, solo hace falta rellenar el papel delante del funcionario y voilà.
-Señoro, yo nací el 27 de agosto de 1995.
Y salgo del ayuntamiento con veinte años menos de un plumazo. Y con un papel que lo dice, ¿eh? Que yo no me invento nada…
Esta creatividad registral ha jugado a nuestro favor con alguno de los niños del programa. A Arnaud, por ejemplo, le hemos quitado años en dos ocasiones para que pudiera terminar los estudios… ¡y ya lo tenemos haciendo 2º de bachillerato!
Gracias a esta libertad administrativa, dos de nuestros niños nacieron entre 1842 y 1893 y, a pesar de ello, se conservan estupendamente. Los milagros de Chad.
También ocurre un fenómeno entrañable: la mayoría de los niños en Bébédjia nacieron el 1 de enero del año que se declare. Porque inventarse el día y el mes cuando los padres no tienen ni pajolera idea -ojo, muchos no se saben los meses- es trabajo de más.
Visto lo visto, en Europa cumplimos años.
En Chad los negociamos.
Y, oye, qué queréis que os diga…
empiezo a entender el sistema
Así que 1i el año que viene aparezco oficialmente nacida el 1 de enero de 1995, no os sorprendáis.
Será que he decidido integrarme culturalmente.
Con todo el rigor administrativo que la ocasión merece.
Bébédjia, a 2 de marzo de 2026.
Soñar.
Soñar.
Que una decena de huérfanos de SIDA puedan cursar sus estudios gratuitamente creando un sistema “casero” de apadrinamientos con los voluntarios de enganchados.
Sueño cumplido.
Soñar.
Que el grupo de niños y padrinos crezca, que estudien en las mejores escuelas y que puedan recibir una comida diaria en Saint Joseph.
Convertir esto tan bonito en un proyecto con nombre propio - Estudiar en Chad- liderado por Cristina - el hada madrina.
Sueño cumplido.
Soñar.
Que además del apoyo para la escolarización y nutrición , se impartan clases de refuerzo de francés y matemáticas y talleres de costura e informática todo el año. Y que, durante el periodo vacacional, las actividades se realicen a diario para evitar que los niños sean “se pierdan” o sean explotados.
Sueño cumplido.
Soñar.
Conseguir un terreno.
Construir un hogar- escuela fuera del hospital, por fases.
Que tenga letrinas para niñas y para niños.
Con un comedor amplio polivalente.
Con un pozo, una cocina, tres aulas, tres dormitorios, un grupo electrógeno y paneles solares.
Sueño cumplido.
Soñar.
Con una inauguración por todo lo alto mientras estamos ahí.
Sueño cumplido. Hoy.
Soñar.
Que nuestros niños ríen, saben jugar y están lo suficientemente sanos para correr y para aprender.
Que se sienten queridos y cuidados.
Sueño cumplido.
Soñar.
Que las aulas tengan mosquiteras, y puertas y ventanas que cierren.
Que construimos un aula para preescolar y un aula de juegos.
…
…..
……..cargando sueño.
Soñar.
Que los niños del programa cambian la sociedad desde abajo.
…
……
………cargando sueño.
S O Ñ A R.
Bébédjia, a 1 de marzo de 2026
Azul Saint Joseph
Ya es el último domingo de misión.
Las cosas que quiero contaros están desordenadas en mi cabeza. Son tantas, y de colores tan distintos, que hoy no sé bien cómo empezar este lienzo.
Los trazos hospitalarios son azul claro, del color de Saint Joseph.
Hace unos días llegó otra niña con un traumatismo craneoencefálico tras caerse de un mango y, una vez más -y contra todo pronóstico-, parece que también sobrevivirá.
En la maternidad ha seguido triunfando la vida, aunque esta semana nacieron dos bebés macerados, y uno de ellos se llevó a su madre para que lo acompañara en el ascenso celestial.
Y es que todo llega tan tarde a esta maternidad…
Para compensar estas muertes, ahí siguen mis pseudotocayos -Pauline, Paul y Paulin- aferrándose con sus diminutas manos a la vida, compartiendo útero artificial y dándose calor -y humedad- los unos a los otros. Pauline y Paulin se agarran ya bien al pecho. Paul se hace el remolón, pero resiste. Y aquí, resistir , ya es mucho.
En medicina ingresó Florence, madre de tres niños de nuestro proyecto educativo, por un combo maldito de virus y bacteria que la dejó sin poder andar. Poco a poco va borrándose la mueca de dolor de su rostro mientras sus dedos empiezan a despertar.
En pediatría ha habido muchísimo movimiento esta semana, y parece que la señora de la guadaña ha estado ocupada en otros mandados, porque solo se ha presentado una vez por aquí.
De la habitación bonita me ha tocado despedir a los recién nacidos -y bautizados por mí- José y Gabriel. Infectados y febriles, recibieron los antibióticos que necesitaban y sus padres, felices, se los llevaron de vuelta a su village.
Los sostuve un último momento, con sus orejas pegadas a mi corazón, susurrándoles una bendición y un tarareo bajito con el que me despido yo .
En esa habitación tan bonita intenta crecer Michelin, dentro de una incubadora antediluviana, ajeno al nombre que le ha regalado su madre y a la risa que me provoca que un tirillas como el - que todavía no alcanza el kilo y medio- se llame igual que el muñecote blanco y robusto que todo el mundo conoce (y que es la antítesis de nuestro pequeñín).
Bueno.
Igual ella NO lo conoce y por eso se llama así ;).
Se marcharon también a casa los mellizos Charité -con su perfecto hoyuelito en el moflete izquierdo- y Bonté -con sus ojos saltones y esa mirada de sorpresa cada vez que la nasara le dedicaba un cariñín-.
Pero el alta que más ha vaciado la pediatría ha sido, sin duda, la de Grace y Tamar. Con ellas se fueron el gorro rojo de pelos, la música de su tambor, los gritos de excitación y las miradas de provocación.
Kadidja, la malnutrida severa, ciega y herida, parece haber empezado a beber de un vaso lo que su madre le ofrece. Igual sí que puede salir. Inshallah.
Ha habido también trazos verdes de las Femmes en Détresse, y trazos rojos, marrones y dorados de las especias, pañuelos y verduras del bullicioso mercado de Doba.
El trazo plateado lo puso el hipopótamo que abrió sus fauces mientras cruzábamos, por el puente de un sentido, el río Logone.
Y nosotros buscando tan lejos lo que estaba justo delante...
Y el toque amarillo -de color y de vida- lo dio nuestro grupo durante la comida que nos preparó nuestra amiga Nodji (quien, según Javi, es el clon de Vinicius): cerveza fría, risas, pato -asombrosamente carnoso- y arroz. Y ella, sentada con nosotros, devorando con los dedos su exquisito plato de boule con sauce longue (delicatessen chadiana que anda a medio camino entre las babas de Alien y un blandiblub).
La tercera semana suele ser la más dura.
Pesa el calor, pesa el cansancio, pesan los dramas y todo lo que queda por hacer.
Suele ser, además, la semana en que nos ponemos malos: una diarrea, un catarrazo o un palú.
Pero esta ha sido distinta.
Colorida.
Ligeramente fresca.
Feliz.
De mi semana sale un lienzo abstracto, vivo y multicolor, donde se intuyen la alegria, la esperanza y las despedidas agridulces, la música y los sabores olores y colores que sigue empeñado en regalarme este lugar.
Bébédjia, a 28 de febrero de febrero de 2026. Y dijeron hasta aquí.
Dra. PaulaBébédjia, a 28 de febrero de febrero de 2026.
Y dijeron hasta aquí.
Son las ocho de la mañana.
Frente al hospital, un grupo de mujeres sentadas sobre dos grandes alfombras toman té con un pedazo de pan. Les sirve una mujer joven, guapa, elegante, que apenas levanta la mirada porque sabe que todas tienen hambre y el desayuno no puede esperar.
Cuando nos ven llegar nos sonríen y se ponen en pie. Algunas rápido; la mayoría, lentamente. Es la edad. Se sacuden sus preciosos paños para librarlos de la arena que, aquí, se cuela por todos lados. Me llama la atención que la mayoría son en tonos verdes. Algunos idénticos… probablemente confeccionados para la fiesta de la mujer del año pasado.
Pronto nos colocan unos bancos de madera frente a ellas y una mesa donde nos ofrecen, humildemente, a cada uno, una botella de agua mineral.
Y solo entonces empiezan a hablar.
“ No podía dormir. Tenía muchas bocas que alimentar en casa. Yo soy ya muy mayor y estoy tan cansada… Desde que compramos los sacos de mijo para la asociación, todos comen en casa y yo, por fin, vuelvo a dormir.”
“No encontré un cuenco donde guardar mi agradecimiento.
Por eso solo pido a Dios que os bendiga y que el bien que hacéis vuelva siempre a vosotros.”
“Cuando mi marido me abandonó, dejándome siete hijos a mi cargo, estaba desesperada. Gracias al cereal y a la asociación hemos salido adelante.”
“Yo quería morir cuando el tumor de mamá creció y se infectó. No había esperanza para mí. La asociación, con sus beneficios, me pagó la cirugía y las medicinas, y me acompañó mientras yo sufría. Gracias a la asociación y a vuestra ayuda, hoy sigo viva.”
Testimonios como estos - exquisitamente aderezados con canciones y bailes- nos han regalado las mujeres de la asociación Femmes en Détresse esta mañana, antes de trabajar.
Uno no se dedica a la cooperación porque espere este tipo de homenajes. Y, en cierto modo, me he sentido un poco avergonzada, porque la ayuda que la Fundación presta a esta asociación a través del proyecto que lleva el mismo nombre es, a mi modo de ver, casi ridícula.
Detrás de las canciones y los bailes hay una historia mucho menos alegre.
La asociación nació en Bébédjia con el objetivo de mejorar la situación de mujeres víctimas de violencia física, psicológica o económica ejercida por sus parejas.
Esta realidad, frecuentemente silenciada y arraigada en una sociedad profundamente patriarcal, lleva a las víctimas al aislamiento y a la normalización del maltrato como parte del día a día.
Si me pegan es porque lo merezco.
Porque aquí, si una mujer no está en casa cuando el marido llega, o si, estando en casa, no ha preparado la comida -dos ejemplos entre otros que ni voy a mencionar-, está justificada la paliza… incluso ante la justicia.
Estas cien mujeres buscaban eso: acompañar a la mujer que vive en soledad esta realidad. La enfermedad, el abandono, el dolor físico y psicológico, la vergüenza… todo se intenta abordar.
Y, aunque inicialmente con las escasas sisas de unas y otras lograban cubrir cada incidencia, fueron aumentando las necesidades. Las mujeres empezaron a hablar. Así que nuestra aventura con ellas empezó con un sistema de microcréditos que les permitió comprar cereales justo cuando se recoge la cosecha para consumo propio y venderlos más tarde, cuando todo escasea.
Se construyó un almacén, donde vive un pequeño gato que, estoy segura, tiene menos envergadura que las ratas que pretende cazar.
Posteriormente se edificó el restaurante, se adquirieron los utensilios de cocina, se instalaron unos pocos paneles -que, lamentablemente, ya han dejado de funcionar-, se contrató un guarda de seguridad y la cosa empezó a rodar.
No va bollante el restaurante: la mayoría de los clientes solo pueden permitirse un bollo de harina y un té; poco margen deja… pero va. El menú es extenso y variado —hasta espaguetis boloñesa preparan—, aunque casi siempre por encargo, para comprar lo justo y no malgastar nada.
Este año, gracias a la inversión de la Fundación, han comprado un stock de sorgo, semillas de néré - muy cotizadas- y de calabaza cuando todavía los precios eran razonables. Lo tienen todo en el amplio y ordenado almacén donde también guardan los útiles de cocina. Bajo llave y vigilancia, eso sí.
Lo que ahorran pasa a reinvertirse y a una caja social. Si una enferma, se aseguran de que ingrese en el hospital, asumen los costes -si la mujer lo necesita-, les llevan la comida y se hacen cargo de sus hijos.
El acompañamiento psicológico es otro pilar importante. Compartir vivencias, dolor, mostrar cicatrices, ayuda a sanar. La “asesoría legal” -que no es más que animar a la mujer a denunciar y llevarla de la mano para facilitarle la tarea- forma parte de tan especial pack. Además, se imparten cursos de sensibilización y alfabetización.
He sabido que estas mujeres no solo apoyan a otras mujeres sino que son capaces de alimentar a la prole de un viudo que prácticamente vivía en la indigencia.
Hoy nos han recibido con apretones de manos firmes, sonrisas, música y danza tradicional este grupo de mujeres maduras, bellas, fuertes y rompedoras. Hemos celebrado que siguen en pie, con ganas de mejorar.
Al verlas, me he sentido orgullosa de este grupo.
Me he sentido, a la vez, pequeña, porque mientras ellas se enfrentan a una batalla titánica cada día, yo me siento amada, respetada y llena desde el punto de vista profesional y personal… y, en el caso de que no fuera así, la sociedad en la que vivo tiene los mecanismos para ayudarme -aunque no siempre resulten eficaces o suficientes-.
Antes de volver a nuestra tarea me he dado cuenta de que estas mujeres, con su madurez, sus cicatrices y su sabiduría - sabiduría aprendida a base de palos-, son posiblemente el motor para que empiece la verdadera revolución de la mujer.
Son, por el momento, solo cien mujeres que han alzado la voz.
Ellas han dicho hasta aquí.
Y mientras a ellas les queden ganas, a nosotros no nos van a faltar.
Bébédjia, a 27 de febrero de 2026
El otro rito
Empiezo muchas mañanas observando lo mismo en la pediatría.
Madres sentadas junto a sus hijos, discretas, silenciosas. Parecen tímidas, pero en realidad están contenidas. Lo descubres cuando cogen confianza y por fin se relajan. Entonces empiezan a reír entre ellas, a bromear conmigo…a ocupar espacio. La sala se llena de voces y de vida.
Hasta que entra un hombre.
Entonces algo cambia.
Las espaldas se enderezan, las miradas bajan, las frases se vuelven breves, las palabras apenas audibles. Y yo, inevitablemente, me sorprendo a mí misma pensando si ese marido la respetará, si alguna vez la habrá golpeado, si su cuerpo habrá sido mutilado o no.
Y es en esos pequeños cambios, casi imperceptibles, donde empiezo a preguntarme cuándo aprenden las niñas de aquí a ocupar menos espacio. En qué momento dejan de reír tan alto. En qué instante comienza eso que aquí llaman hacerse mujer.
El otro día hablábamos de ello con los hermanos que llevan el foyer de Maybombaye. Me explicaban que, mientras la mayoría de los chicos termina realizando el rito de iniciación -cerca del 85 %, porque la presión social pesa demasiado como para quedarse fuera-, el paso hacia la edad adulta de las mujeres sigue caminos más silenciosos, menos visibles y, afortunadamente, cada vez menos frecuentes.
Y es que, en su caso, la iniciación está ligada a la escisión. Y precisamente por eso muchas familias deciden no realizarla.
La mutilación genital femenina, prohibida por ley, sigue realizándose en determinadas regiones y afecta todavía a cerca de una tercera parte de las mujeres. En esta zona casi ha desaparecido, pero hacia el sureste del país - Doba, Koumra, Sarh y las fronteras con República Centroafricana y Sudán- sigue marcando el paso hacia la edad adulta.
La escisión suele realizarse fuera del ámbito sanitario - de hecho, suele hacerse en la brousse-, sin anestesia y con material reutilizado, lo que expone a las mujeres a infecciones, hemorragias y complicaciones que dan la cara años después, con las relaciones y los partos.
También ocurren otras cosas en esta transición.
Durante el periodo de “metamorfosis” son acompañadas y guiadas por mujeres mayores, que las separan del mundo cotidiano para enseñarles lo que significa ser mujer aquí: normas, responsabilidades, formas de complacer a los maridos, historias transmitidas de generación en generación y saberes que no aparecen en ningún libro.
Al finalizar, recorren las calles del pueblo cubiertas por una cortina de abalorios que cae desde la cabeza hasta la raíz de los muslos, ocultando el rostro y el cuerpo mientras la comunidad reconoce su transformación. Algunas mostrarán, al finalizar, marcas en la cara, aunque ojo, que una mujer marcada no es siempre una mujer mutilada. En determinadas etnias esas cicatrices se realizan al nacer, como señales visibles de pertenencia que l
acompañarán toda la vida.
Aunque en ocasiones son las propias niñas quienes aceptan participar en el rito, lo más frecuente es que sean los padres o las tías paternas -figuras de enorme autoridad dentro de la familia- quienes las conduzcan hasta ese momento. Al parecer, si una mujer está mutilada, resultará más fácil encontrarle marido.
Las diferencias son notables, ¿no creéis?.
A unos se les celebra el cambio.
Otras lo superan en silencio.
El niño “muere” para dejar paso al hombre, liberado por fin del cordón materno y con voz dentro de la comunidad.
Las mujeres, en cambio, casi nunca tienen una ceremonia celebrada en voz alta. Nadie anuncia su transformación. Nadie proclama su llegada a la edad adulta. Y, sin embargo, también ellas cruzan un umbral del que no se regresa jamás .
Mientras observo a estas madres reír entre ellas por un instante, antes de volver a recogerse cuando alguien entra en la sala, pienso que hacerse mujer aquí no siempre significa ganar voz, sino aprender a sostener, en silencio, la vida y el dolor.
Las miro junto a sus hijas y sueño que, cuando llegue el momento de dejar atrás la niñez, estas madres - silenciosas a veces, inmensamente fuertes siempre- sean capaces de protegerlas para que no tengan que cargar con esa cicatriz interna que nunca termina de desaparecer.
Bébédjia – Maybombaye – Bébédjia, a 26 de febrero de 2026 Los planes sin fisuras
Dra. PaulaBébédjia – Maybombaye – Bébédjia, a 26 de febrero de 2026
Los planes sin fisuras
El plan previsto para hoy:
Ir a trabajar de 7 a 9 de la mañana.
Salir de Saint Joseph a las 9 con Sor Laura y Cristina hacia Maybombaye, donde estudia uno de nuestros niños de Estudiar en Chad. Visitar su escuela, su internado y estar de vuelta a las 12 en Bébédjia para continuar con el trabajo.
Lo que ha ocurrido (si: se nos ha ido ligeramente de las manos):
Hemos salido con una hora y media de retraso porque el conductor - un padre de la parroquia- tenía que bañarse. Además, había que recoger una cabra (la que nos comeremos el lunes cuando inauguremos las aulas de Estudiar en Chad), para lo cual era imprescindible encontrar una cuerda y atarla a un árbol en la escuela.
Una vez en Doba - desde donde parten los caminos hacia todos los village del sureste- parada técnica en el obispado, donde he estado a “esto” de comprarme un libraco en gambaye mientras dejábamos las invitaciones para la inauguración.
Veinte minutos más tarde, PORRRR FIN, hemos emprendido ruta.
Ruta que, obviamente, había olvidado, porque si no probablemente no habría mostrado tanto entusiasmo para unirme a la expedición.
El camino es, sencillamente, inenarrable. Poco puedo contar porque, con el traqueteo -mi reloj ha interpretado que estaba corriendo campo a través- apenas he podido mirar alrededor. Así, de reojo, he visto muchos nerés y, en Mongó, chorrecientosmil árboles de mango imponentes. Eso… y una señora que cargaba unos doscientos mangos (que no exageró ni un ápice, ¿eh? )sobre la cabeza. A la señora - y a los mangos - los hemos subido a la pickup hasta Maybombaye.
…y, mientras tanto, sol de justicia y calor. Mucho calor.
Cuando hemos llegado a Maybombaye ya eran las doce, pero allí el tiempo ha empezado a transcurrir en x0,5.
Visita al colegio, donde fácilmente hemos dado la mano a un centenar de niños- todos deseosos de comprobar si desteñíamos, muchos con mocos-. Hemos entrado en un par de clases y después hemos recorrido el internado: el huerto, el pozo, la habitación de los chicos, la biblioteca, el comedor… todo a paso lento. Tan lento que más que lento íbamos a velocidad negativa. Moonwalker.
Y, todo transcurría con C A L O R y extrema lentitud.
Pensábamos emprender el viaje de vuelta, pero nos esperaba una comida de cabra, pollo, pescado, ensalada y pasta.
Y a Cris y a mí nos habían reservado lo mejor: las vísceras.
Nos ofrecieron cerveza -que un chaval fue a comprar -y la Gala llegó cuando yo ya había digerido el pollo, la cabra y la pasta. Temperatura de la cerveza: ambiente. O sea, 39°. Tan caliente venía que uno de los hermanos hizo hueco en el congelador para enfriar mi botella. Sacó bolsas y más bolsas, pero olvidó un par de pequeños riñones que quedaron apoyados en el cuello de mi cerveza. Resultado: bajó un par de grados… y me la bebí intentando olvidar el momento órganos-apoyados-en-mi-botella.
Después de la comida -que, sorprendentemente, solo duró una hora- visitamos el centro de salud de las Hermanitas de los Pobres, donde atienden medio centenar de partos al mes (entre otras miles de cosas). Increíble. Que me gustan a mí estas mexicanas.
También pasamos por el instituto privado de Maybombaye: tres edificios de madera y paja, con bancos hechos de troncos que -aseguran- impiden que nadie se duerma en clase.
Tras tres despedidas sucesivas, cada una un poco más cerca de nuestra Toyota, emprendimos por fin el camino de regreso.
Parada obligatoria: visitar a nuestros huérfanos internos en Doba. Porque, ya que habíamos “perdido” el día… ¿por qué no ganarlo con cosas bonitas?
Y esa fue, sin duda, la mejor parte.
Arnaud -ya todo un hombre y pichichi de la liga-, Bonaventure, Caleb (¡madre mía cómo ha crecido!), Anastasie, Chantal (igualita que su madre), Patrice, Prosper, Benjamin, JeanPolito… todos mugrientos y felices nos enseñaron sus aulas y sus habitaciones.
Llegamos a Bébédjia a las siete de la tarde, agotadas y con tierra hasta en el carnet de identidad.
Pero felices.
Porque el verdadero postre del día no fue la comida interminable ni la cerveza templada, sino ellos.
Y por días así entendemos que, aquí, los planes sin fisuras nunca salen como pensamos….afortunadamente :)
Bébédjia, a 25 de febrero de 2025
BORAM
(Tengo hambre)
En países como Chad, la gente sigue muriendo de hambre.
Sobre todo los pequeños.
Uno de cada tres niños menores de cinco años sufre desnutrición.
Y casi la mitad de las muertes infantiles están relacionadas con ella.
Un niño malnutrido no solo pesa menos.
Tiene muchas más probabilidades de no desarrollarse adecuadamente desde el punto de vista cognitivo, de enfermar….o de morir por infecciones que, en otro lugar, serían fácilmente curables.
Y no es solo una cuestión de falta de alimentos o de pobreza.
También influyen la falta de educación y determinados aspectos culturales profundamente arraigados.
Os he contado en otras ocasiones que aquí los niños son los últimos en comer.
El padre -a menudo acompañado de otros familiares varones- come primero y suele quedarse con la ración más generosa del plato compartido.
Después come la madre y, más tarde, los hijos, siguiendo la jerarquía marcada por la edad.
Y así, de mayor a menor, se van llenando -o intentando llenar- los estómagos.
El más pequeño espera.
Pacientemente.
Para ver si queda algo que llevarse a la boca.
Porque, si alguien muere, más vale que sea quien todavía no produce ni puede ayudar en las tareas de casa.
El eslabón más débil es también el más castigado.
Poco a poco, los pequeños van perdiendo peso.
Las familias esperan -casi siempre demasiado- porque llevar al niño al hospital puede significar emplear el dinero necesario para alimentar al resto durante días… o semanas.
Hasta que un día ya no pueden esperar más.
Kadidja, de dos años y medio de edad, llegó hace diez días en brazos de su madre, una mujer árabe, guapa, bien nutrida y vestida.
Traía a su hija cubierta por paños, como si quisiera ocultar la vergüenza de haber permitido que su pequeña llegara a ese estado de emaciación. Y no me extraña.
Así llegaron en su día Emmanuel -que falleció poco después de ingresar- y Patrice.
Así llegó este año la pequeña Synthia, la niña que nunca soltaba la jeringa vacía que la nutría y que terminó muriendo hace unos días.
Cuando desenterramos a Kadidja de la pila de telas que la ocultaban, no pude contener un jadeo corto, aspirado, de horror.
La pequeña (que no alcanzaba los siete kilos de peso), era un esqueleto cubierto por una piel parcheada. Tenía úlceras sobre las vértebras más prominentes de la columna y en los glúteos, el sacro y el periné.
No lloró al verme.
¿Cómo iba a hacerlo, si sus ojos estaban cubiertos por un tejido blanquecino que apenas dejaba libre media pupila?
Kadidja estaba ciega..
Sin fuerzas para mantenerse sentada, ha permanecido tumbada desde el día de su ingreso.
Como si se hubiera rendido a su destino, se niega a comer. Se arranca -con las pocas fuerzas que le quedan- la sonda que intenta obligar a su cuerpo a aceptar las fórmulas enriquecidas de UNICEF.
Parece que quiere morir.
Es cierto que la mayoría no llega en un estado tan extremo.
Pero siguen llegando muchos. Demasiados.
Cada año ingresamos entre 450 y 600 niños con desnutrición aguda severa.
Y casi siempre ocurre lo mismo.
La cosecha se recoge entre noviembre y diciembre. Durante unos meses hay comida.
Hasta marzo, las familias resisten.
En abril aparecen los mangos y alivian, durante un breve tiempo, el hambre de los más pequeños.
Pero a partir de mayo ya no queda nada.
El cereal que aún se conserva -dependiendo de cómo haya ido la cosecha- alcanza en el mercado precios inasumibles para la mayoría.
Empieza entonces la época más dura, la que aquí todos conocen y temen.
El hambre tiene estación.
Y este año, además, la sequía ha dejado los graneros casi vacíos.
Ni siquiera hay arroz.
Y aun así, muchos sobreviven.
EnganCHADos implantó el proyecto de malnutrición en 2016, cuando la mortalidad de los niños con desnutrición aguda severa alcanzaba cifras tan espeluznantes como el 85 %.
Hoy, mientras nosotros asumimos los costes de hospitalización, medicación y curas de los malnutridos , y UNICEF aporta las fórmulas terapéuticas enriquecidas, la mortalidad de los casos más graves se mantiene por debajo del 5 %.
Cuando el tratamiento deja de tener precio, las familias ya no tienen que decidir entre alimentar al resto de sus hijos o intentar salvar a uno.
Primer obstáculo superado.
Para evitar que la historia llegue a extremos como el de Kadidja, cada jueves, en el hospital, se revisa a los malnutridos dados de alta y mientras se realizan campañas de sensibilización que hablan de nutrición, de enfermedad y de prevención.
En las aldeas, estas actividades se llevan a cabo aprovechando las jornadas de vacunación, momentos en los que el personal formado puede detectar de manera precoz los casos de desnutrición leve y moderada, antes de que el cuerpo empiece a rendirse.
Sobreviven como Tamar y Grace, las gemelas que me tienen completamente enamorada y a las que, si todo sigue bien, podremos dar de alta mañana. Volverán la semana que viene revisar que todo va bien.
Grace vuelve a lucir el gorro rojo que Tamar le robó cuando ella estaba demasiado débil.
Tamar sigue recibiéndome cada día con una sonrisa viva, curiosa, casi desafiante, como si quisiera recordarme que sigue aquí, que no piensa rendirse.
Hoy se sientan, observan, reclaman atención.
Vuelven a ser niñas.
Porque aquí, cuando un niño vuelve a tener fuerzas para comer, sonreír o protestar, sabemos que se va a quedar.
No sabemos por cuánto tiempo.
Ni siquiera si ganará la guerra.
Pero podemos celebrar que, en esta ocasión, han ganado la batalla.
Bébédjia, a 24 de febrero de 2026
Cenicienta
—Mamá. Quiero hacerte una pregunta.
—Dime.
—¿Por qué sigues haciéndolo? ¿Por qué sigues ayudándome?
Cenicienta nació hace veinte años en el seno de una familia polígama.
Fue la única hija de su madre, pero le sobran hermanos por parte de padre.
Aquí, padre es la madrastra. Porque madre ya no está.
Cenicienta nunca fue demasiado guapa. Ni alta. Ni esbelta.
Su futuro lo marcó la moto que la atropelló en la infancia y la dejó coja, con dolor.
Ni demasiado guapa - a ojos de algunos- , ni alta, ni esbelta.… y además, handicapé.
Padre - la madrastra en este cuento- la quería en casa porque, a pesar de todo, era alegre, limpiaba bien y cocinaba de maravilla.
Su sonrisa fenestrada y sus heridas, visibles y ocultas, enamoraron a una nasara hace ya nueve años.
La historia comenzó con la blanquita intentando, sin éxito, despegar y desensibilizar la enorme cicatriz que decoraba su pata de palo… y terminó entre caricias y canciones que ambas escuchaban - y cantaban a escondidas- en la pequeña sala de kiné de Saint Joseph, que ya no existe en la actualidad .
Así, entre confidencias, horas compartidas y sueños, fue tejiéndose un precioso paño maternofilial, con cenefa blanca y negra y colores vivos en su interior.
Hubo un tiempo en que la nasara soñó una vida distinta para Cenicienta.
Una en la que compartirían hogar y familia mientras la niña crecía hasta convertirse en una princesa enfermera.
Pero la madrastra se negó, ofreciendo, sin despeinarse, a cualquiera de sus hijos varones en su lugar .
Cenicienta continuó su camino claudicante.
Y cuando digo claudicante, lo digo en sentido literal y figurado. Porque tropezó muchas veces -demasiadas - con la misma piedra. Se salió repetidas veces de la senda marcada y se perdió en la brousse, como antaño hiciera Caperucita.
Y al desviarse perdió la oportunidad de seguir viviendo en un precioso castillo que debía, ahora sí, recoger a otros niños igual de vulnerables -o más- y con la firme intención de no salirse del camino.
A pesar de las idas y venidas, de las caídas y sacudidas, Cenicienta consiguió, contra todo pronóstico, superar el temido BAC, para gozo máximo de su madre de adopción.
Mientras todo esto sucedía, mientras Cenicienta caía y volvía a ponerse en pie, seguía tejiéndose el precioso y singular paño maternofilial.
Cada vez más colorido.
Cada vez más extenso.
Ha necesitado remiendos este valioso tafetán, eso sí. Pero nada que no pueda solucionarse con un zurcido de cariño en colores cálidos.
— A veces me miro, mamá, y me detesto. Y no sé por qué.
Su madre nasara le dice que ella tampoco lo entiende.
Porque se ha convertido en una mujer fuerte y bella por fuera y por dentro.
—¿Por dentro? ¿Cómo sabes cómo soy por dentro?
Y mientras la madre observa cómo su pequeña come el plato de cuscús con ratatouille que le acaba de servir, le explica que una siempre sabe cómo son sus hijos. Aunque estos se esfuercen en ocultarlo.
Mi hija chadiana ha venido hoy a verme desde Doba, donde ha comenzado sus estudios universitarios para convertirse en matrona.
—Mamá. Quiero hacerte una pregunta.
—Dime.
—¿Por qué sigues haciéndolo? ¿Por qué sigues ayudándome?
Porque eres mi hija.
Porque te quiero y confío en ti.
Porque quiero que te conviertas en una mujer independiente.
Porque deseo que seas la mejor matrona de todo Chad.
Y porque tus actos del pasado no definen quién eres. Yo sé quién eres.
La princesa mira hacia abajo mientras dibuja círculos en la arena con su sandalia.
—¿Te esforzarás? Esto es lo único que le pido a mis hijos: que se esfuercen y que sean buenas personas.
—Sí, mamá.
Y así, de la mano y serenas, hemos paseado nuestro cariño por el recinto del hospital que vio nacer nuestra particular historia de amor.
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Bébédjia, a 23 de febrero de 2026
Vuelve la brisa
Amaneció un poco más fresco de lo habitual, con una suave brisa que me ha llevado de un lado a otro, como ya hiciera aquel 26 de febrero de 2025.
Y pienso si este lunes no nos habrá regalado esa temperatura agradable de buena mañana para amortiguar, de alguna manera, que esta madrugada nos ha arrebatado a dos niños de la urgencia.
Todavía lloraba la madre del malnutrido de la cama 3 cuando hemos llegado a las siete. Lloraba mientras la abuela intentaba cerrar ojos y boca con sus manos, como queriendo borrar la expresión -mezcla de dolor y sorpresa- que el pequeño exhibía antes de marchar.
¿Cuántas veces habré visto ya ese gesto a lo largo de estos años?
La habitación bonita sigue bonita, y, en la habitación contigua, las gemelas malnutridas, Grace y Tamar, mejoran lentamente. Tamar pone cara de cachondeito cuando me ve, porque sabe que, aunque el pase de visita es algo serio - y más hoy, con el nuevo director acompañándonos-, la nasara encontrará el momento para crear una lluvia mágica de pompas de jabón o amagar unas cosquillas que nunca llegan.
Sí. La habitación donde están las gemelas es también muy bonita.
Y ligeramente maloliente, también os digo.
Seguíamos en ese medio frescor cuando hemos llegado a la habitación de Crispín, el niño de seis años con drepanocitosis que acumula la friolera de doce transfusiones en el último mes y medio y cuya familia -lo sospecho, aunque ya veremos el desenlace- probablemente acabará llevándoselo al village para morir allí.
Crispín ya no tiene dolores, pero jamás lo he visto sonreír. Tampoco hoy. Hace más de una semana le regalé un autobús amarillo que, sin embargo, no suelta ni para dormir.
Al salir de la pediatría, la brisa, antes fresca, se volvió caliente y pesada. Me rodeó y me acompañó durante el resto de la mañana -seca, densa- mientras intentaba resolver casos imposibles: vértebras comidas por Dios-sabe-qué-bicho, paraplejias enigmáticas y lesiones dermatológicas floridas y quemantes en cuerpitos de cuatro años.
Todo
despacio.
Y pesado.
Sin haber resuelto por completo ninguno de los casos -faltan pruebas, faltan medicamentos o faltan ambas cosas a la vez- he ido a ver a Paul y Pauline, los gemelos prematuros, y a su compañero desde hace tres días, al que las matronas, en un despliegue máximo de sorna, han bautizado como Paulin.
¡Ea!
Mis tres pseudotocayos embutidos en una incubadora que parece un vientre materno multicolor.
Pauline y Paulin evolucionan bien.
Pero Paul… Paul no creo que lo logre. Siempre fue el más débil de la pareja y ahora pierde peso a marchas forzadas.
En esta misma maternidad, esta tórrida mañana, ha nacido un bebé muerto. Y en lo que va de mes van tres.
El aire caliente, sofocante, sigue ahí.
Solo deseo quitármelo de encima bajo mi modesta ducha de agua fría, dejar que el escuálido chorro arrastre la pena, la sensación de ineficacia y el desasosiego de quien teme otro desenlace fatal.
Ojalá mañana una brisa fresca nos acompañe, sin ceñirnos, dejándonos respirar.
Inshallah.
Bébédjia, a 22 de febrero de 2026
Rumbo al sur
Camino a Bebotó hay una pista tortuosa de arena que, en época de lluvias, se inunda tanto que deja durante meses incomunicados a los habitantes de esta ville, misioneras incluidas. Antes de que lleguen las lluvias deben preverlo todo: comida, medicación…lo necesario para sobrevivir meses lejos de la “civilización”. Porque, si alguien enferma entonces, el camino deja de ser camino y se convierte en frontera.
Estoy convencida de que las guadalupanas podrían recorrerla de noche y sin luces, guiándose por lo aprendido tras recorrerla tantas veces…cada curva, cada bifurcación, cada tramo traicionero donde la Toyota decide, sin previo aviso, que ya no quiere continuar.
Al que la ruta sí pilló por sorpresa fue al conductor que nos llevó la semana pasada. El nos regaló una experiencia inmersiva entre safari y montaña rusa de feria, con zarandeos suficientes como para recolocar cada víscera, caprichosamente, en un nuevo lugar.
En el camino aparecen karités y nerés, acacias y mangos - cada vez más abundantes conforme avanzamos hacia el sur- . Este año hay menos campos quemados que otras veces. El fuego llegará más tarde, cuando apriete el hambre al final de la estación seca. Las llamas obligan a salir a las ratas de sus madrigueras y comienza la caza de este apreciado manjar local.
Hemos visto mujeres caminando con bebés, leña y sacos de cereal elegantemente equilibrados sobre sus esbeltos y fibrosos cuerpos.
Niños asando una rata mientras la sujetaban por la cola, con la naturalidad de quien prepara una brocheta para cenar.
Señores en bicicleta transportando cargas que desafían las leyes de la física.
Niños-ganaderos mbororó guiando cebúes hacia el sur.
Y motos donde viajan cinco personas perfectamente ensambladas, como si alguien hubiera resuelto un complejo problema de geometría humana.
También vimos adolescentes cubiertos con máscaras de cal y paja, plumas simulando orejas puntiagudas, quizá participantes de algún rito de iniciación.
Y una aldea entera, separada por edades y sexos, sentada bajo un enorme mango. Sin hacer nada. O quizá haciendo lo más difícil: simplemente estar.
Más adelante, niños golpeaban con largos palos las ramas altas para hacer caer los mangos, que este año cuelgan más abundantes y grandes que en temporadas anteriores, quizá porque el calor ha apretado más. Aún están verdes, pero pronto estarán listos para comer.
Y es que
hace
tanto
calor…
El camino a Bebotó me encanta.
A pesar del polvo que se pega a la piel.
A pesar del traqueteo que lo sacude todo.
A pesar de la temperatura, que todo lo ralentiza.
Mancharme las manos y recordar la suerte que tengo.
Recibir sacudidas y recolocar mi vida.
Parar.
Quizá precisamente por eso sigo poniendo rumbo al sur.
Bébédjia, a 21 de febrero de 2026
Gana la vida
La semana laboral termina hoy (y van dos).
Termina con más vida que muerte.
Anteayer se unió a la tropa de Adán una pequeña de un año con malnutrición severa y neumonía. Se llamaba Synthia y dormía agarrando una jeringuilla vacía de 10 ml, como si confiara en que todo lo que alguna vez se cargó en ella pudiera salvarla.
Para compensar, al team vida se han sumado dos prematuros -1300 gramos y 2 kilos respectivamente- que, por ahora, resisten sin complicaciones.
Inciso.
Tenemos un problema con las incubadoras que merece relato propio. Bref: la de pediatría funciona básicamente como una caja de metacrilato antediluviana que mantiene a los Anopheles fuera -que no es poco- y ahí, bajo paños de todos los colores y estampados, descansa el ngon ndingam (usease, niño) sietemesino de poco más de un kilo de vida.
El otro prematuro tardío comparte incubadora “tope gama”, situada en la maternidad - no me preguntéis por qué- con unos gemelos también prematuros que se llaman casi como servidora: Paul y Pauline. Que aquí complicarse con los nombres es complicarse paná, con lo difícil que ya es todo lo demás.
A toda esta prematurez todavía viva se suman los pequeños de la habitación bonita, que ahora está más bonita que nunca porque, aunque nos han dejado Lydia y el por mí bautizado Martin -el de la madre con cara de cabreo crónico- , han llegado dos hermanos gemelos de tres meses con malnutrición, Charité y Bonté, y otro bebé árabe al que apenas he podido conocer: ingreso last minute mientras la menda se muere multifactorialmente de hambre, sed, cansancio y sueño.
La semana termina también con la despedida de Myriam, nuestra anestesista, que hoy ha regresado a N’Djamena en un autobús atestado de personas, animales y cosas, pero con el corazón lleno por todo lo vivido, lo aprendido, lo compartido y lo aportado -que ha sido mucho- y con cinco amigos-que-ya-son-familia que la esperan el año que viene.
Termina con una sesión clínica sorprendentemente civilizada -todos agradeciendo infinitamente cada una de las opiniones o críticas de los colegas- en la que cada servicio ha presentado sus casos complicados. Ahora mismo hay cuatro médicos y tres estudiantes de séptimo año, todos locales, intentando sostener todo esto. Cuesta imaginar cómo Sor Elisabeth lograba hacerlo cuando era la única facultativa del hospital.
Termina con una fotovoltaica que comunica… casi siempre (eso también merece capítulo aparte) y con el próximo desafío para la doctora McGyver: una incubadora low cost con piezas ausentes, puertas que no cierran y parámetros que hay que reprogramar cada vez que se va la luz -es decir, varias veces al día.
Y termina, también, con una moussaka de cabra hecha con leche en polvo y una Castel aceptablemente fría.
Hoy hace mucho calor -lunga nya, como dicen aquí -y, mientras cae la tarde en este rincón del mundo que ya siento mío, intentaremos aprender el difícil arte de parar… y disfrutar de la vida, sin pretender nada más.
Bébédjia a 20 de febrero de 2026
Cuando vuelven
En Chad, hacerse mayor no siempre ocurre despacio.
A veces sucede casi de un día para otro, cuando un niño desaparece durante semanas y regresa convertido en algo distinto.
Aquí lo llaman iniciación. Y, aunque cada etnia tiene sus propios ritos, el resultado es siempre el mismo: el niño deja atrás la infancia y entra en el mundo de los hombres.
Dicen que es un rito voluntario. Y probablemente lo sea. Aunque también es verdad que casi ninguna familia quiere que su hijo quede fuera, porque no iniciarse significa permanecer en un territorio ambiguo dentro de la comunidad, sin reconocimiento pleno, suspendido entre la infancia y la vida adulta.
Generalmente el rito se celebra durante la adolescencia, aunque algunos se inician con apenas ocho o nueve años.
Tercero o cuarto de primaria.
¿Os imagináis?
Iniciarse no es barato. El desembolso inicial ronda los 5.000 francos y después llegan los pollos, los sacos de mijo y la comida para quienes acompañarán el ritual. Porque el niño no va solo. Comparte semanas con otros futuros iniciados y con los adultos que guiarán el proceso. Es una forma de decir que deja de pertenecer únicamente a su familia para pasar a pertenecer al grupo.
Una vez realizado el pago, los chavales desaparecen.
Durante uno, dos o tres meses dejan de ser visibles en el pueblo. Viven apartados, guiados por los mayores. Allí estudian una lengua secreta que nadie ajeno al rito puede comprender. Aprenden las historias y normas de su pueblo, a reconocer plantas y frutos - los que curan, los que adormecen y los que pueden matar -, a sobrevivir en la naturaleza y a defenderse.
Y también a luchar.
El aprendizaje no siempre es simbólico. A veces llega en forma de golpes. El miedo y el silencio forman parte del proceso, igual que las máscaras que ocultan sus rostros cuando atraviesan los caminos más transitados.
Y un día, vuelven.
Cuando vuelven, ya no compartirán habitación con su madre ni recibirán órdenes de ella. El cordón umbilical se habrá roto. Algo esencial habrá cambiado.
Cuando vuelven, deberán demostrarlo. Mostrar su hombría a golpes frente a las mujeres de la casa que, arrodilladas, aceptarán los reveses de su hijo o de su hermano - aquel al que cuidaron, con quien compartieron comida y conversaciones - como parte del rito. Desde ese día ninguna mujer podrá darles órdenes. Ni siquiera su madre.
Cuando vuelven, dejarán de tocar una marmita. Otros les servirán la comida. Siempre.
Todo cambia cuando vuelven.
Muchos abandonan la escuela. La autoridad adquirida los vuelve, a menudo, rebeldes indisciplinados dentro de un sistema que ya no reconocen como propio.
Aquí la vida se mueve en un equilibrio frágil entre tradición y cambio.
La tradición, siempre por encima de la religión y muchas veces, por encima incluso de la ley.
La modernidad avanza despacio, demasiado despacio. Quieren vivir mejor, sí, pero sin dejar de ser quienes son. Si. Perder su identidad.
Y mientras observo a “mis pequeños” dormir, con sus madres sentadas junto a la cama, espantando moscas y miedo, me pregunto si algún día también ellos cruzarán ese umbral. Si llegará el momento en que tendrán que alejarse del cuerpo - y del abrazo- de quien hoy vigila sus sueños.



