Bébédjia, a 18 de febrero de 2025
Las batallas.
Se lo llevaron a media mañana. Ella, con las conjuntivas igual de pálidas. El, después de mamar y de recibir su “dosis extra” ordeñada.
- Nosotros podemos ofrecerles tratamientos para que se curen, pero si no quieren, no podemos obligarlos. Sus padres son los responsables, y han tomado su decisión- me dice a modo de consuelo Pelagie.
Les esperan 160 kilómetros (la mayoría en pista) hasta llegar a su casa (donde también vive la malvada suegra de duro semblante). En su choza Jolie le dará de mamar, lo dejará cuando el pobre se fatigue y le dará agua de Dios sabe dónde con esos dedos llenos de todo lo mugroso del camino.
De Jolie no he podido despedirme. De Lucas sí. Le he cogido en brazos y he acariciado suavemente su pequeña cabeza. Y luego un susurro a lo bajini para que sepa que es amado y que va a estar, seguro, muy rezado. Dudo que logre evitar la infección neonatal que acabará con su exigua vida, pero podemos soñar un final distinto, uno en el que me lo encuentro el año que viene a lomos de su mamá y llora asustado cuando me ve. Si. Soñemos ese final.
Herida, si, pero no abatida.
Lo Njia Tar.
Toca ponerse en pie porque quedan otras batallas.
Empecemos con la de Arlette.
Prematura nacida hace dos semanas en su casa, parto en el que su madre falleció. Ingresada por diarrea y vómitos y con unos extraordinarios 1880 gramitos de nada. Muy feíta la pobre, pero al menos está aquí tomando biberones, recibiendo tratamiento antibiótico y todavía no tiene malaria (si, todavía).
Abuela materna (Ambrosie) y bisabuela paterna (Aleluya) juntas y bien avenidas a pesar de su semi -consuegrez, hablan mientras la una o la otra sostienen en brazos a la pequeña. Siguen unidas por ese hilo rojo que ahora anuda Arlette.
Hay muchos otros frentes abiertos, como el de la niña que se quemó el brazo su segunda semana de vida y que Nico tuvo que amputar nada más aterrizar. O el chaval que se cayó esta mañana del árbol de mango y con uno de los dos manitoles que hay en el hospital, ha conseguido sobrevivir.
Tampoco os podéis perder la historia de Hawa, la mujer con malaria grave que ayer gritaba nada más empezar a pasarle una bolsa de sangre. Todos creíamos que se retorcía de dolor aunque no podíamos descartar algo neurologico, pero no. Ella gritaba porque no quería recibir una bolsa de sangre de su marido y simuló una crisis. Esta mañana ha confesado. Lo siento pero no me hado tiempo a ampliar la noticia hoy. La patología neuro-ortopédica va in crescendo desde que se hizo un llamamiento por la radio y hemos andado de aquí para allá, a ratos llorando, otros enfangados con anamnesis abigarradas y casi siempre cocinándonos de calor.
Desde mi crisálida apago la señal y me entrego al sueño, donde realidades alternativas me envuelven en su paz.
Un abrazo