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Blog de la Doctora Paula

Medica especializa en Medicina Física y Rehabilitación trabaja en el servicio de Rehabilitación del Hospital Universitario de Fuenlabrada

Bébédjia a 19 de febrero de 2026

Mientras tanto, la vida

Hoy resuena Here Comes The Sun en mi cabeza.
O, más bien, en el corazón.

La canturreo a lo bajini mientras voy de aquí para allá: de la pediatría a la medicina, de la medicina a la maternidad…..y de la maternidad a la felicidad.
Y es que la herida de ayer ya empieza a cerrar.

No es solo que estemos de celebración -que Javi pequeño hoy da otra vuelta al sol-.
Influye, claro, pero no es lo determinante.
Tampoco lo es que la habitación bonita haya alcanzado por fin el cien por cien de ocupación después de haber rescatado de la urgencia a los cuatro neonatos que siguen mejorando cada día.

Lo que realmente ha cambiado el día - y la semana, quizá hasta el mes - es el milagro que ocurrió ayer, cuando aún intentábamos digerir la partida de Adán. Porque mientras aquel precioso niño abandonaba la sala de urgencias convertido en ángel, bajo la —extrañamente— inmutable mirada de su padre, su madre, a pocos metros de distancia, daba a luz a tres bebés sanos y perfectos.

Dos acontecimientos —uno trágico y otro luminoso— sucediendo exactamente al mismo tiempo.

Hoy han acompañado mis pasos Here Comes The Sun y una sonrisa amplia -la nasara parece un poco boba, me dicen sus caras- pintada de rojo entusiasta.

Porque aquí, incluso cuando todo se rompe, las grietas dejan pasar el sol.

Bébédjia, a 18 de febrero de 2026

Entre dos habitaciones

Ya tenemos habitación bonita.

Es bonita porque en ella está “José”, con sus manos cerradas y sus movimientos temblorosos.
Porque ya ha empezado a mamar -y, tristemente, yo he dejado de “dedar”-.

Es bonita porque la comparte con un precioso y canijo “hijo de Nathalie” (otro sin nombre) que, a pesar de su minusculez, mama con una fuerza que da gusto ver.

Es bonita porque no huele demasiado mal y porque tiene un cristal que la separa del control de enfermería, aunque el cristal esté roto y algunos días se llene de moscas.

Es, en cualquier caso, más bonita que la urgencia, sala ampliada y remodelada por enganCHADos en 2022.

Hoy, gracias a que José ya no tiene fiebre, ha salido de allí.
Y la urgencia -que dejó de ser aquel pasillo donde se hacinaban los niños más graves- se ha convertido otra vez en un lugar triste.

Adam llegó esta mañana con fiebre alta, dificultad respiratoria y la mirada perdida.
Había convulsionado poco antes. Todo apuntaba a una malaria cerebral.

Le pusimos oxígeno, analítica… y, antes incluso de confirmar el diagnóstico, el laboratorio avisó: anemia severa.
Había que transfundir.

Se comprobó el grupo sanguíneo , y se habló con la familia para encontrar donante.
Y entonces ocurrió algo que yo no había vivido nunca.

Hoy comenzaba el Ramadán y el padre pidió esperar hasta la tarde.

El tiempo, aquí, pesa distinto.

Cuando finalmente la familia aceptó a que todo se realizara antes de las seis y empezaron a pasar las primeras gotas de sangre, Adam ya estaba demasiado lejos.

Aquí nadie corre ni grita.
Solo pasan segundos muy largos mirando unas pupilas que no responden.

Intentamos reanimarle. Ambú. Compresiones. Silencio.
Y al poco, el Dr. Richard me indicó con la mirada que parara.
Aquí también se aprende cuándo insistir deja de ser ayudar.

Maldita malaria.
Un parásito diminuto que hoy probablemente también se ha llevado a una madre en maternidad, dejando otro bebé huérfano en este hospital en el que hoy cuesta respirar.

Durante todo ese tiempo el padre permaneció sentado en la cama, inmóvil, mirando.
No dijo nada.
No lloró.

Cuando todo terminó y el equipo retiraba suavemente las gafas nasales y la vía, cogió el teléfono y empezó a llamar.

Hoy no ha habido gritos en Saint Joseph.
Solo dos despedidas silenciosas.
Y mucha arena en suspensión.

He salido de la sala y he vuelto a la habitación bonita.
Los padres de José, divertidos, me han entregado a su pequeño para que le hablara en esa lengua rara de la nasara mientras le acariciaba la frente y la naricilla. Estoy segura de que les desconcierta que alguien quiera tanto a un bebé que ni siquiera tiene nombre.

Y sin saberlo, el pequeño José ha sido quien hoy me ha consolado a mí.

Lunes, 23 Febrero 2026 18:45

Hoy amaneció gris

Hoy amaneció gris.

No os preocupéis. No es una metáfora.
Hay nubes - gracias a Dios - y la temperatura es más soportable.
No solo amaneció cubierto, sino que el polvo en suspensión ha regalado al día un cierto aire londinense.

“En plus”, como dirían por aquí, hoy el simpático jardinero (simpático de verdad, no es ironía) ha decidido que ya era hora de quemar tooodos los montoncitos de hojas que llevaba días acumulando.

Nubes + calima + humo + cenizas = día plúmbeo.

Los ojos pican, la garganta pica - con razón lleva mascarilla hasta el apuntador- y olemos a chimenea… pero, al menos, hoy el sol no duele. Que ayer casi se derriten todos los ingredientes de nuestro guiso humano.

Y aunque el día empezó gris, hubo personas y pequeños momentos que fueron añadiendo color poco a poco a las horas vividas.

El primer trazo - verde, esperanza -lo puso José, al que hoy he vuelto a “dar de mamar”
Porque, claramente, prefiere mi meñique enguantado al pezón de su madre. No es algo que me tranquilice - en realidad me inquieta bastante que no se enganche -, pero ha recuperado el reflejo de búsqueda y succión. Cada día chupa con más fuerza. Abre los ojos. Empieza a mirar. Responde a los estímulos . Está volviendo.

El rato en el que le trato y le “doy de dedar” se ha convertido, sin discusión, en el mejor momento de cada mañana.

A José se le han sumado dos niñas más con sepsis neonatal. Entre las dos no alcanzan los cuatro días de vida. Ambas nacidas en casa.
Veremos si en los próximos días pueden quedarse también dentro de este lienzo que intentamos sostener.

Mientras atendía a José, la minúscula -y malnutrida- Grace ha dibujado un gran círculo rojo golpeando un improvisado tambor: una lata vacía de leche en polvo servía de membrana y una moneda de 25 francos de baqueta .
Música y color en una habitación llena de niños graves, concentradores de oxígeno y un persistente olor a orina.

El tercer trazo ha sido naranja, y lo ha dibujado Zara con el brillante velo que cubría su cabello. La pequeña que conocí en 2018, aquella niña diminuta que cuidaba de su hermana enferma y que un día corrió hacia mí para abrazarme sin previo aviso, ha venido a saludarme a las « chambres » como acostumbra a hacer cuando se entera de que los nazaras han vuelto a la ciudad. Está mayor -tendrá unos trece - y me duele pensar que pronto la casarán con un hombre mucho más mayor y que su cuerpo aún frágil albergará una vida demasiado pronto.

Pero no adelantemos tristezas.

El caso es que hoy ha vuelto a correr hacia mí. Nos hemos abrazado, nos hemos acariciado la cara y hemos hablado como siempre: con los ojos, con la sonrisa y con las manos. Porque ella no habla francés y yo sigo sin saber suficiente árabe para mantener una conversación sencilla… pero, al parecer, no nos hace falta.

El último color ha sido azul del la Fundación el Compromiso, cuando la sala de sesiones de Saint Joseph se ha llenado de voces y de trajes de todos los colores mientras impartíamos formación Pelagie - jefa de enfermería de pediatría -y yo junto a dos compañeros de Fuenlabrada vía webinar.

Verde, rojo, naranja, azul.

Así terminó el día que había empezado ceniciento.

Y pensé que quizá aquí los días no cambian porque salga el sol, sino porque alguien - aunque sea muy pequeño - decide añadir un poco de color.

Lunes, 23 Febrero 2026 18:44

Jeannine

Bébédjia, a 16 de febrero de 2026

Jeannine

Es curioso (y aterrador) cómo va cambiando tu cerebro a medida que acumulas años aquí.
Recuerdo que, en 2017, me costó aceptar que se dejara morir a un niño de 6 años con un traumatismo craneoencefálico severo. Mi “cabezalma” comprendía que mejor vivo y dependiente que muerto.

Los sucesivos bofetones de realidad chadiana han remodelado mis circuitos neuronales y - aunque asustada y asqueada conmigo misma hoy - reconozco que preferiría que Jeannine se muriera, porque su madre, Sophie, lleva cargando con su frágil y atrofiado peso desde que hace un año tuvo una malaria cerebral.

“Era la mejor de la escuela” - me repite Sophie- “ y ahora creo que está sorda porque no reacciona cuando le hablo”.

Jeannine tuvo a los 8 años una malaria cerebral. Se quedó tetrapléjica. La trataron en N’ Djamena, donde incluso iniciaron la rehabilitación, aunque solo pudo -por motivos económicos - realizar 15 sesiones.

Jeannine tiene dos hermanas pequeñas, y su padre está completando sus estudios de economía en Camerún. Cero ingresos.
Sophie ha tenido que trasladarse con las 3 niñas a un village a unos 50 km de Doba, con su madre.

La que un día fue la primera de la clase no es capaz de sostener la cabeza, no se sienta, no fija la mirada, no es capaz de tragar, no se mueve. Tiene úlceras por presión en caderas y espalda. Se alimenta a través de una sonda nasogástrica.

En España esto se lucha. Se intenta mejorar la espasticidad y las contracturas articulares, se prescriben sillas de ruedas con asientos y respaldos a medida, cabeceros, DAFOS, bipedestadores. Se escolariza a los niños en colegios de educación especial donde realizan rehabilitación gracias a maravillosos profesionales. Se operan caderas luxadas, tendones acortados, se realizan gastrostomías para poder alimentar al niño que no puede comer por boca.
Y no se tira la toalla.
Es cierto que las familias se enfrentan continuamente a enormes desembolsos económicos, a trabas burocráticas y a un cansancio físico y psíquico que pocos conocen.
Pero siempre hay esperanza y acompañamiento.

Hoy, viendo de nuevo a Jeannine y hablando con su madre, evidenciando que vive con dolor, que su pronóstico funcional es terrible y que va a seguir haciendo neumonías e infecciones urinarias, que las úlceras no se cerraran, que nunca controlará los esfínteres en un país donde pocas familias se pueden permitir un pañal…hoy, he deseado que Jeannine pase a engrosar el ejército de ángeles chadianos.

Un poco más tarde, ese mismo día, la iglesia se llena despacio. Es la celebración del Día Mundial de los Enfermos. Y allí las vuelvo a ver. Sophie, de pie, sosteniendo con ternura a su pequeña.
Sophie llevándola hacia el altar para que recibiera la unción de los enfermos.
Sophie, de nuevo, haciendo cola comulgar con su hija en brazos.
Parece la foto que tanto me conmueve donde la Madre Teresa de Calcuta lleva en brazos a un niño discapacitado. Siempre he pensado que ese niño, en ese preciso instante, se sentía profundamente amado y era feliz.

Y en ese momento vuelvo a dudar. Dudo de si aquello que yo había pensado -que quizá sería mejor que muriera - es realmente lo mejor para ella y para su familia. ¿Y quién soy yo, además, para plantearme algo así, cuando muchas veces mi labor, cuando médicamente ya no hay mucho que hacer, consiste simplemente en acompañar? Y ese acompañamiento es, quizá, una de las cosas que más sentido dan a mi profesión.
¿Por qué tirar la toalla cuando su madre no lo ha hecho?

Desde ese día la miro de otra manera. O quizá me miro yo de otra manera cuando entro en la habitación.

En los días posteriores he ido a ver a Jeannine aprovechando los momentos en los que su madre tiene que salir. Le unto matecade karité en sus delgadas piernas y brazos, le ayudo a toser o la cambio de posición. Rutinas pequeñas que también sostienen.

Mañana le daremos el alta para que continúen en el Centre de Handicapés de Doba con las curas de las úlceras y los cuidados fisioterápicos paliativos.

Y sé que la voy a echar de menos.

Bébédjia, a 15 de febrero de 2026

A FUEGO LENTO
Preciosa canción de Rosana.

Hoy toca reflexión y descanso.

Bueno… más bien reflexión, porque ayer Javi Mayor organizó un fiestón de San Valentín y se nos fue un poco de las manos.

Hoy hace una semana que llegamos (¿YA??) y hemos hablado y vivido tanto que parece que llevamos aquí un mes.

Este año la misión la compone un variadito de seres humanos especiales y buenrrolleros, capaces de arrancarte las penas y llenar el día de historias de vida tan distintas que resulta absolutamente imposible aburrirse.

Ingredientes de la expedición:

Javier Mayor. El Koró.
¿Qué os voy a contar de él que no os haya contado ya todos estos años que llevamos viniendo -y viviendo - juntos…?
Su hiperactividad, combinada con su generosidad y su sentido del humor, convierte a este pedazo de cirujano en el aderezo cohesivo que tanto se agradece en este tipo de misiones. A todos nos envuelve, a todos nos une. No busca destacar , pero todo sabe a él. Podría ser perfectamente el tomate frito: la base de nuestro exótico plato.

Cris. El hada Primavera
Nuestra hada madrina. Antes de convertirse en hada fue enfermera y superadora de unos cuantos reveses vitales. Sabia, positiva, contagiadora de ilusión y contadora de historias que nunca dejan de sorprenderme. Como las misioneras mexicanas, también es pequeña… pero picosa.
Con su frescura inesperada y esa mezcla perfecta de dulzor y acidez, ella sería un sabroso mango.

Sara. Mi Sara.
Su sola presencia —aunque esté profundamente dormida— me hace feliz. Generosa, ocurrente, solidaria… y tan, TAN divertida.
Creo sinceramente que la felicidad del grupo depende de ella.
Esta enfermera de UCI es, clarísimamente, la sal.

Y llegan ahora los ingredientes de última incorporación.

Javi Pequeño.
Ha sido una sorpresa maravillosa. Hablando con él antes de la misión ya intuía que sería ,divertido, risueño , trabajador y fail convivir con él. Es, además, ngenioso y un grandísimo profesional.
Aquí no hay cuidados intensivos, pero su presencia en quirófano, reanimación y medicina está siendo fundamental y enriquecedora. Aporta energía, combina con todos y, cuando aparece, lo cambia todo.
Este maestro del “¿qué preferirías?” es el ajo dorado de nuestra composición.

Myriam -Mimi para los amigos-.
Alta, esbelta, elegante, con unos ojos azules profundos y unas gafas tan especiales como ella. Nuestra anestesista.
Sin buscar protagonismo y sin hacer ruido, está siendo esencial para que las cirugías se desarrollen con seguridad y para formar al personal que tomará el relevo del ya jubilado Abdulaye.
Reconforta y equilibra al grupo. Aporta un dulzor profundo y silencioso; sin ella el plato no sabría igual.
Creo que Mimi es la cebolla lentamente pochada: porque aunque la cebolla conoce bien las lágrimas, también sabe transformarlas en dulzor.

Y yo misma. Paula. Nepintenbaye.
A mí me gustaría ser el caldo de este guiso, porque soy quien soy gracias al contacto continuo con mis compañeros de misión y con la gente que quiero.
Si soy el caldo - hecho a fuego lento desde 2017 -quizá sea para aportar ese calor que hace que, incluso aquí, todos podamos sentirnos un poco en casa.
Si soy el caldo, podré recoger todo lo que cada uno de mis compamigos aporta.

Falta proteína…

Javi Pequeño: ¿le echamos atún en lata al platillo? ?

Bébédjia, a 14 de febrero de 2026.

LOS DÍAS RAROS

Los días raros sí es una canción. Es de Vetusta Morla y me encanta, porque además de ser preciosa, siempre me recuerda a mi amiga Mónica, que también es una persona preciosa.

Sus acordes han acompañado mis pasos cansados durante todo el día.

Los días raros son días en los que debes aceptar la incertidumbre.
Días en los que entiendes que no puedes tener todo bajo control, que no todo depende de ti.
Días en los que recuerdas lo bueno que sucedió ayer, las sorpresas que te ha regalado la vida. Días en los que piensas en tu madre - a la que amas y admiras- porque hoy hace 89 añazos que nació. Y esos recuerdos y pensamientos se convierten en el motor de esperanza que te permite seguir caminando bajo este sol de justicia, sin perder la sonrisa que pintaste de rojo esta mañana.

En días raros como este, cuando pesa el agotamiento acumulado de la semana y las pocas horas de sueño, entiendes que debes seguir buscando la alegría en las pequeñas cosas. Y comprendes que, lamentablemente, necesitamos las vivencias tristes para valorar la fugaz belleza de las alegres.

Porque, aunque el hijo de Adama - al que van a llamar Trésor -mama con vigor y tesón, el pequeño José, todavía febril, no tiene fuerza suficiente para extraer ni una sola gota del oro líquido que le ofrece su exasperada y primeriza madre. Ha sido tan raro el día que, después de pasar un buen rato intentando estimular el reflejo de succión de mi febril bombón, lo hemos conseguido (y digo hemos aunque el mérito es fundamentalmente suyo). Así que nos hemos animado, la madre y yo (él no se ha pronunciado), a ofrecerle de nuevo el pecho. Tras el berrinche que le ha provocado la transición del dedo al pezón - bendito llanto; hace dos días apenas respondía a ningún estímulo-, le he vuelto a ofrecer mi meñique enguantado mientras Adeline dejaba caer la leche que extraía sobre mi dedo….y el pequeño ha logrado casi dos minutos de succión continuada.
La felicidad máxima, fusionada con la “tristansiedad” de ver que sigue con fiebre y con una exploración todavía penosa.

En días como éste fallece una niña con desnutrición aguda severa recién ingresada, porque venía muy malita… pero quizá también porque nos hemos quedado sin sueros glucosados en el hospital.

En los días raros, Chancelline - que ayer reía al ver mi pandereta y fijaba mejor la mirada - ha empeorado. No puede mover ninguna extremidad y llora en cuanto la toco.

Son días raros también aquellos en los que te das cuenta de que llevas más de ocho horas - sumando ayer mañana y tarde y hoy - peleando con el control remoto de los co*#*, y aunque has avanzado un poco, todo apunta a que el problema solar se está enquistando.

Y días raros son también aquellos en los que te detienes a acariciar a otra niña de dos años gravemente malnutrida y se te revuelven el estómago y el alma… hasta que recuerdas a Patrice, que llegó ulcerado, convertido en un saco de huesos y piel, y se marchó guapete y feliz.

Hoy ha sido un día raro.
Pero los días raros también pasan.
Y, casi siempre, acaban dejando sitio a los días alegres.

¡Y mañana no trabajamos!

Lunes, 23 Febrero 2026 18:41

Bébédjia, 13 de febrero de 2026

Bébédjia, 13 de febrero de 2026

Los días alegres

…que bien podría ser el título de una canción…o la banda sonora de un día como hoy.

Alegría.
Porque la reunión a primera hora de la mañana con el nuevo director gerente ha sido fructífera y agradable.

Alegría.
Porque hemos conseguido instalar - que no hacer funcionar aún - el nuevo control remoto de la fotovoltaica que nos facilitó la Fundación EKI (si recordáis, el anterior dejó de funcionar el año pasado), y todo apunta a que esta vez sí responderá. Aunque aquí sabemos que hay que esperar un par de días antes de cantar victoria. Todo va a ritmo chadiano.

Alegría.
Porque he podido presenciar la cesárea programada de Adama, amiga y enfermera de Pediatría, y he abrazado a su precioso y rollizo bebé varón —ngon ndjingam—. He llorado de alegría al comprobar que ambos, mamá y bebote, están sanos y salvos. Que desde que murió nuestra compañera Mekila, hace casi un año, tras dar a luz a su tercer hijo, cada embarazo y cada parto nos mantienen en una angustia basal permanente por lo que pueda suceder.
Adama llevaba años intentando quedarse embarazada y hoy, con el nacimiento de su primogénito, ha roto una maldición: la de la mujer estéril, que aquí puede ser repudiada y devuelta - literalmente- a casa de sus padres por considerarla un ser (¿humano?) inservible.

Hoy he visto la cara de felicidad de Rebeca, madre de Adama y abuela del niño que me ha hecho llorar y que, según dicen, me ha convertido en madrina de honor.

Alegría.
Porque el recién nacido de la cama 1 de Urgencias (al que en secreto he “bautizado” José) está más reactivo que en días previos, aunque la exploración neurológica siga sin convencerme.

Alegría.
Porque también está mejor Chanceline, una niña de tres años con lo que parecen secuelas de malaria cerebral. Y porque he visto sonreír a su madre, Beatrice, cuando su pequeña —la menor de cuatro hermanos— se ha reído al ver mi pandereta de leones y jirafas.

Alegría.
Porque, gracias a nuestra anestesista Myriam y a Súper-Sara y Javi Junior, un paciente joven no ha fallecido en la mesa de quirófano. Y porque esa puesta en acción ha supuesto una lección práctica de cómo se deben hacer las cosas cuando Myriam se haya ido.

Me quedo con eso.
Con los seis motivos - nada más y nada menos - que hoy inclinan la balanza hacia la vida.

Y con la esperanza de que este pequeño bonus de noticias buenas siga pesando más que los momentos duros, los vividos y los que vendrán.

Porque aquí, cada día alegre cuenta.
Y cuenta mucho.

Bébédjia- Bebotó- Bébédjia, 12 de febrero de 2026

Cómo me gusta el camino hacia Bebotó, aunque planificar el viaje hasta allí significa MADRUGÓN del bueno y regreso con el sol ya cayendo.

Solo nos separan 93 km del pueblo donde viven las misioneras Guadalupanas (ojo, que sus habitantes se ofenden si lo llamas “village”; para ellos es “ville”), pero el trayecto desde Doba es tan circuito-de-rally-sobre-arena que normalmente hacen falta unas tres horas por sentido.

Como Javi me riñe (¿a que riñe mucho?) cuando escribo relatos eternos, otro día os cuento la ruta hasta Bebotó. Porque el camino hacia esta “ciudad” me encanta. A pesar del rally. A pesar del calor.

Abreviando.

Al llegar a la casa de las misioneras, la tierra olía a lluvia. La noche anterior había caído una tromba generosa de agua. Y bendita tromba, porque cuando el agua compacta la arena uno deja, por fin, de respirarla a cada paso.

Las Misioneras de Guadalupe, igual que nuestras misioneras de Cristo Resucitado, son mexicanas “chiquitas pero picosas”: hablan dulce, trabajan duro (pero duro de verdad), transmiten paz… y cocinan de maravilla.

Allí hemos estado platicando de su escuela, la monísima San Kisito, donde hay un aula por cada grupo, desde Kinder hasta 6º de primaria. Cada clase ronda los 55 alumnos, aunque hay alguna que supera los 60. Los profesores claramente se merecen una ola, aunque esas ratios casi parecen un lujo si las comparamos con las de las escuelas públicas del estado donde pueden convivir hasta 200 niños de distintas edades bajo un techo de paja.

Hace un par de años echamos una mano —entre amigos y las mujeres de Emaús El Carmen— para cubrir la escolarización y el “vaso de bouie” de un centenar de alumnos.
Y por lo que me han contado hoy… me temo que vamos a tener que volver a la carga.

Actualmente tienen 375 niños escolarizados.
Hasta este año, contaban con al menos un profesor pagado por el Estado. Este curso lo han destinado a otro centro. Resultado: un sueldo más que asumir. Eso supone 2.000 francos más por niño al año. Unos 3 euros. Lo sé… suena ridículo desde aquí.

Y luego está la bouie.

La bouie es una papilla líquida de cereales y otros ingredientes que se da cada mañana en el recreo. En muchos casos, es el único alimento que los pequeños ingerirán en todo el día. Es imprescindible para que puedan estar alerta, concentrados, presentes.

Peeeero…

El aumento continuado del precio del arroz, el cacahuete y el penicillaire ha hecho insostenible el reparto diario. Ahora la dan solo tres días por semana; el resto, corre a cuenta de las familias (gasto que, obviamente, intentarán evitar).

Los lunes y miércoles toca la de siempre: arroz, pasta de cacahuete, penicillaire, limón y azúcar. La favorita.
Los viernes, la bouie “low cost” —más nutritiva, paradójicamente— hecha con sorgo, pasta de cacahuete, azúcar y limón.

Problema: no la quieren.
Dicen que quieren la de arroz porque los blancos comemos arroz… y ellos quieren comer como los blancos. Rebáteles tú con argumentos nutricionales.

Al lío.
Resumen de gastos para estudiar en San Kisito:
• Escolarización: 21,3 € por niño/año
• Bouie: 10 € por niño/año

¡Eyyyy! Que nadie se venga abajo. Porque, incluso entre las penurias económicas, siempre brotan —y a veces hasta florecen— arbustos verdes.

Los maestros (algunos antiguos alumnos) me han parecido muy top.
Los niños, uniformados de azulón —salvo los de Kinder—, educadísimos, saludando al unísono como un coro profesional.

He de decir que, cuando he preguntado en todas las clases de qué equipo de fútbol eran, ha ganado por aplastante mayoría el Barça. Intuyo que más por los colores que por convicción futbolística: el azulgrana es mucho más sufrido que el blanco de los merengues.

Como veis, los recortes existen en todos los rincones del planeta. Pero en rincones como este… duelen más.
Y cuando haces la cuenta de lo que supondría para cada uno de nosotros esa cantidad… duele otro tantito más.

A ver si ideamos un plan para que esta china en el zapato moleste un poco menos. ?

Y menos mal que no os he contado nada del viaje ?.

Bébédjia, a 11 de febrero de 2026

Hoy pensaba escribiros la historia de Jeannine, pero Javi me hubiera reñido por empalmar dos relatos tristes. Porque es cierto que pasan cosas ilusionantes y bonitas en nuestro tórrido día a día.
Factores externos: nos estamos cocinado -y esto solo no ha hecho más que empezar - y la arenilla en suspensión hace estragos en nuestras conjuntivas y narinas…

Al margen de lo estrictamente meteorológico - que no es moco de pavo- los asiduos a Saint Joseph las estamos pasando canutas con el flamante y nuevo equipo médico. No porque no sean buenos, sino porque ya nos habíamos aprendido los nombres, las manías y las caras de los antiguos compañeros (de los cuales solo queda Ramadán) y ahora toca darle a tope a la memoria RAM para retener los nadafáciles nombres de los 4 médicos (director gerente included) y 3 estudiantes de 7º (si: 7º) de medicina que habitan nuestro hospital hermano.

Penurias mnésicas aparte, el hospital está a tope de actividad y de casos-drama, a pesar de lo cual el equipo se mantiene fuerte y con buenrrollismo. Desde luego, tanto Javi “Junior” como Myriam se han adaptado a este otro planeta donde poca cosa se puede hacer en gran parte de los casos.

Mientras una iba de acá para allá viendo pacientes de la pediatría y de la consulta, el equipo quirúrgico operaba a dos bandas en sendos quirófanos, porque tenemos una lista de espera acumulada de decenas de hernias, amputaciones y fístulas varias que resolver.
La medicina sigue siendo un terreno inhóspito donde vayaseustedasaber lo que está pasando, y en la maternidad tenemos la suerte de dar la bienvenida a esta inclemente existencia a un par de gemelos prematuros que, por el momento, siguen sanos.
La pediatría está al 70% de su capacidad y, lamentablemente, tengo ya un grupo de pacientes de pronóstico sombrío.
Hoy, dia de Santa Lourdes y Jornada mundial del enfermo, hemos vivido otra misa hospitalaria en gambai y francés (OMG) llena de color, música y enfermos que esperan vivir un día más.

Y aunque ha sido un día largo, durillo y térmicamente complicado, me acuesto feliz y agotada.

Mañana iremos Cris y yo a visitar la escuela de San Kisito de Bebotó (¿no os parece de lo más cuqui el nombre?), a las misioneras Guadalupanas y a los centenares de niños que acuden, a diario y con sus uniformes azulones, a esta remota escuela.

Buenas noches, queridos…

Miércoles, 11 Febrero 2026 18:42

Bébédjia, a 10 de febrero de 2026

Bébédjia, a 10 de febrero de 2026

Para no perder el ritmo de maldormir, hoy amanecimos a las 6:20 de la madrugada, listos para desayunar y currar.
¿Recuperada del viaje? Evidentemente, no.
Pero hay taaaanto que hacer.

El estreno —reencuentros y abrazos apretados aparte— no ha sido amable, sobre todo para quienes pisan estas tierras por primera vez.

Una bebé de 11 meses, ingresada grave durante la noche, ha muerto justo cuando cruzábamos la puerta de la pediatría. Nada se ha podido hacer. La madre, rota de dolor, gritaba, inconsolable. Pocas veces he visto aquí a una madre llorar así la pérdida de un hijo.

En fin. La primera en la frente.

El tour, que pretendía ser meramente “ubicativo” (si la palabra no existe, debería), nos ha ido enfrentando a una sucesión de pacientes tipo Saint Joseph: casos de gravedad o putrefacción extremas, anamnesis imposibles, diagnósticos complejos y tratamientos inviables .

Bienvenidos al infierno.

Pero no todo son tinieblas.

Los niños de nuestro programa de huérfanos, “Estudiar en Chad”, nos han recibido con un mensaje escrito en la pizarra, sonrisas grandes y manos sudadas, mientras aprendían cómo lavarse los dientes después de comer.

Dos destellos más de luz: saber que Adama, enfermera de pediatría, está embarazada (por fin… en este lugar se repudia a la mujer estéril aunque el infértil sea el marido), y conocer a los bebés de Grace y Pélagie. El año pasado aún estaban en los vientres de sus madres, cuando Mekila —también enfermera de pediatría— perdía la vida al dar a luz a su tercer retoño.

El primer día siempre es agridulce. Y, aun así, me siento en casa. Me siento querida, reconocida, bienvenida.
Ojalá nuestros primerizos logren digerir la jornada para volver a empezar mañana.
De nuevo.
Más.
Y mejor.

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