Bébédjia, a 28 de febrero de febrero de 2026.
Y dijeron hasta aquí.
Son las ocho de la mañana.
Frente al hospital, un grupo de mujeres sentadas sobre dos grandes alfombras toman té con un pedazo de pan. Les sirve una mujer joven, guapa, elegante, que apenas levanta la mirada porque sabe que todas tienen hambre y el desayuno no puede esperar.
Cuando nos ven llegar nos sonríen y se ponen en pie. Algunas rápido; la mayoría, lentamente. Es la edad. Se sacuden sus preciosos paños para librarlos de la arena que, aquí, se cuela por todos lados. Me llama la atención que la mayoría son en tonos verdes. Algunos idénticos… probablemente confeccionados para la fiesta de la mujer del año pasado.
Pronto nos colocan unos bancos de madera frente a ellas y una mesa donde nos ofrecen, humildemente, a cada uno, una botella de agua mineral.
Y solo entonces empiezan a hablar.
“ No podía dormir. Tenía muchas bocas que alimentar en casa. Yo soy ya muy mayor y estoy tan cansada… Desde que compramos los sacos de mijo para la asociación, todos comen en casa y yo, por fin, vuelvo a dormir.”
“No encontré un cuenco donde guardar mi agradecimiento.
Por eso solo pido a Dios que os bendiga y que el bien que hacéis vuelva siempre a vosotros.”
“Cuando mi marido me abandonó, dejándome siete hijos a mi cargo, estaba desesperada. Gracias al cereal y a la asociación hemos salido adelante.”
“Yo quería morir cuando el tumor de mamá creció y se infectó. No había esperanza para mí. La asociación, con sus beneficios, me pagó la cirugía y las medicinas, y me acompañó mientras yo sufría. Gracias a la asociación y a vuestra ayuda, hoy sigo viva.”
Testimonios como estos - exquisitamente aderezados con canciones y bailes- nos han regalado las mujeres de la asociación Femmes en Détresse esta mañana, antes de trabajar.
Uno no se dedica a la cooperación porque espere este tipo de homenajes. Y, en cierto modo, me he sentido un poco avergonzada, porque la ayuda que la Fundación presta a esta asociación a través del proyecto que lleva el mismo nombre es, a mi modo de ver, casi ridícula.
Detrás de las canciones y los bailes hay una historia mucho menos alegre.
La asociación nació en Bébédjia con el objetivo de mejorar la situación de mujeres víctimas de violencia física, psicológica o económica ejercida por sus parejas.
Esta realidad, frecuentemente silenciada y arraigada en una sociedad profundamente patriarcal, lleva a las víctimas al aislamiento y a la normalización del maltrato como parte del día a día.
Si me pegan es porque lo merezco.
Porque aquí, si una mujer no está en casa cuando el marido llega, o si, estando en casa, no ha preparado la comida -dos ejemplos entre otros que ni voy a mencionar-, está justificada la paliza… incluso ante la justicia.
Estas cien mujeres buscaban eso: acompañar a la mujer que vive en soledad esta realidad. La enfermedad, el abandono, el dolor físico y psicológico, la vergüenza… todo se intenta abordar.
Y, aunque inicialmente con las escasas sisas de unas y otras lograban cubrir cada incidencia, fueron aumentando las necesidades. Las mujeres empezaron a hablar. Así que nuestra aventura con ellas empezó con un sistema de microcréditos que les permitió comprar cereales justo cuando se recoge la cosecha para consumo propio y venderlos más tarde, cuando todo escasea.
Se construyó un almacén, donde vive un pequeño gato que, estoy segura, tiene menos envergadura que las ratas que pretende cazar.
Posteriormente se edificó el restaurante, se adquirieron los utensilios de cocina, se instalaron unos pocos paneles -que, lamentablemente, ya han dejado de funcionar-, se contrató un guarda de seguridad y la cosa empezó a rodar.
No va bollante el restaurante: la mayoría de los clientes solo pueden permitirse un bollo de harina y un té; poco margen deja… pero va. El menú es extenso y variado —hasta espaguetis boloñesa preparan—, aunque casi siempre por encargo, para comprar lo justo y no malgastar nada.
Este año, gracias a la inversión de la Fundación, han comprado un stock de sorgo, semillas de néré - muy cotizadas- y de calabaza cuando todavía los precios eran razonables. Lo tienen todo en el amplio y ordenado almacén donde también guardan los útiles de cocina. Bajo llave y vigilancia, eso sí.
Lo que ahorran pasa a reinvertirse y a una caja social. Si una enferma, se aseguran de que ingrese en el hospital, asumen los costes -si la mujer lo necesita-, les llevan la comida y se hacen cargo de sus hijos.
El acompañamiento psicológico es otro pilar importante. Compartir vivencias, dolor, mostrar cicatrices, ayuda a sanar. La “asesoría legal” -que no es más que animar a la mujer a denunciar y llevarla de la mano para facilitarle la tarea- forma parte de tan especial pack. Además, se imparten cursos de sensibilización y alfabetización.
He sabido que estas mujeres no solo apoyan a otras mujeres sino que son capaces de alimentar a la prole de un viudo que prácticamente vivía en la indigencia.
Hoy nos han recibido con apretones de manos firmes, sonrisas, música y danza tradicional este grupo de mujeres maduras, bellas, fuertes y rompedoras. Hemos celebrado que siguen en pie, con ganas de mejorar.
Al verlas, me he sentido orgullosa de este grupo.
Me he sentido, a la vez, pequeña, porque mientras ellas se enfrentan a una batalla titánica cada día, yo me siento amada, respetada y llena desde el punto de vista profesional y personal… y, en el caso de que no fuera así, la sociedad en la que vivo tiene los mecanismos para ayudarme -aunque no siempre resulten eficaces o suficientes-.
Antes de volver a nuestra tarea me he dado cuenta de que estas mujeres, con su madurez, sus cicatrices y su sabiduría - sabiduría aprendida a base de palos-, son posiblemente el motor para que empiece la verdadera revolución de la mujer.
Son, por el momento, solo cien mujeres que han alzado la voz.
Ellas han dicho hasta aquí.
Y mientras a ellas les queden ganas, a nosotros no nos van a faltar.



