Bébédjia, a 27 de febrero de 2026
El otro rito
Empiezo muchas mañanas observando lo mismo en la pediatría.
Madres sentadas junto a sus hijos, discretas, silenciosas. Parecen tímidas, pero en realidad están contenidas. Lo descubres cuando cogen confianza y por fin se relajan. Entonces empiezan a reír entre ellas, a bromear conmigo…a ocupar espacio. La sala se llena de voces y de vida.
Hasta que entra un hombre.
Entonces algo cambia.
Las espaldas se enderezan, las miradas bajan, las frases se vuelven breves, las palabras apenas audibles. Y yo, inevitablemente, me sorprendo a mí misma pensando si ese marido la respetará, si alguna vez la habrá golpeado, si su cuerpo habrá sido mutilado o no.
Y es en esos pequeños cambios, casi imperceptibles, donde empiezo a preguntarme cuándo aprenden las niñas de aquí a ocupar menos espacio. En qué momento dejan de reír tan alto. En qué instante comienza eso que aquí llaman hacerse mujer.
El otro día hablábamos de ello con los hermanos que llevan el foyer de Maybombaye. Me explicaban que, mientras la mayoría de los chicos termina realizando el rito de iniciación -cerca del 85 %, porque la presión social pesa demasiado como para quedarse fuera-, el paso hacia la edad adulta de las mujeres sigue caminos más silenciosos, menos visibles y, afortunadamente, cada vez menos frecuentes.
Y es que, en su caso, la iniciación está ligada a la escisión. Y precisamente por eso muchas familias deciden no realizarla.
La mutilación genital femenina, prohibida por ley, sigue realizándose en determinadas regiones y afecta todavía a cerca de una tercera parte de las mujeres. En esta zona casi ha desaparecido, pero hacia el sureste del país - Doba, Koumra, Sarh y las fronteras con República Centroafricana y Sudán- sigue marcando el paso hacia la edad adulta.
La escisión suele realizarse fuera del ámbito sanitario - de hecho, suele hacerse en la brousse-, sin anestesia y con material reutilizado, lo que expone a las mujeres a infecciones, hemorragias y complicaciones que dan la cara años después, con las relaciones y los partos.
También ocurren otras cosas en esta transición.
Durante el periodo de “metamorfosis” son acompañadas y guiadas por mujeres mayores, que las separan del mundo cotidiano para enseñarles lo que significa ser mujer aquí: normas, responsabilidades, formas de complacer a los maridos, historias transmitidas de generación en generación y saberes que no aparecen en ningún libro.
Al finalizar, recorren las calles del pueblo cubiertas por una cortina de abalorios que cae desde la cabeza hasta la raíz de los muslos, ocultando el rostro y el cuerpo mientras la comunidad reconoce su transformación. Algunas mostrarán, al finalizar, marcas en la cara, aunque ojo, que una mujer marcada no es siempre una mujer mutilada. En determinadas etnias esas cicatrices se realizan al nacer, como señales visibles de pertenencia que l
acompañarán toda la vida.
Aunque en ocasiones son las propias niñas quienes aceptan participar en el rito, lo más frecuente es que sean los padres o las tías paternas -figuras de enorme autoridad dentro de la familia- quienes las conduzcan hasta ese momento. Al parecer, si una mujer está mutilada, resultará más fácil encontrarle marido.
Las diferencias son notables, ¿no creéis?.
A unos se les celebra el cambio.
Otras lo superan en silencio.
El niño “muere” para dejar paso al hombre, liberado por fin del cordón materno y con voz dentro de la comunidad.
Las mujeres, en cambio, casi nunca tienen una ceremonia celebrada en voz alta. Nadie anuncia su transformación. Nadie proclama su llegada a la edad adulta. Y, sin embargo, también ellas cruzan un umbral del que no se regresa jamás .
Mientras observo a estas madres reír entre ellas por un instante, antes de volver a recogerse cuando alguien entra en la sala, pienso que hacerse mujer aquí no siempre significa ganar voz, sino aprender a sostener, en silencio, la vida y el dolor.
Las miro junto a sus hijas y sueño que, cuando llegue el momento de dejar atrás la niñez, estas madres - silenciosas a veces, inmensamente fuertes siempre- sean capaces de protegerlas para que no tengan que cargar con esa cicatriz interna que nunca termina de desaparecer.



