Sábado, 28 Febrero 2026 07:22

Bébédjia, a 25 de febrero de 2025 BORAM

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Bébédjia, a 25 de febrero de 2025

BORAM

(Tengo hambre)

En países como Chad, la gente sigue muriendo de hambre.
Sobre todo los pequeños.

Uno de cada tres niños menores de cinco años sufre desnutrición.
Y casi la mitad de las muertes infantiles están relacionadas con ella.

Un niño malnutrido no solo pesa menos.
Tiene muchas más probabilidades de no desarrollarse adecuadamente desde el punto de vista cognitivo, de enfermar….o de morir por infecciones que, en otro lugar, serían fácilmente curables.

Y no es solo una cuestión de falta de alimentos o de pobreza.
También influyen la falta de educación y determinados aspectos culturales profundamente arraigados.

Os he contado en otras ocasiones que aquí los niños son los últimos en comer.
El padre -a menudo acompañado de otros familiares varones- come primero y suele quedarse con la ración más generosa del plato compartido.
Después come la madre y, más tarde, los hijos, siguiendo la jerarquía marcada por la edad.
Y así, de mayor a menor, se van llenando -o intentando llenar- los estómagos.

El más pequeño espera.
Pacientemente.
Para ver si queda algo que llevarse a la boca.
Porque, si alguien muere, más vale que sea quien todavía no produce ni puede ayudar en las tareas de casa.
El eslabón más débil es también el más castigado.

Poco a poco, los pequeños van perdiendo peso.
Las familias esperan -casi siempre demasiado- porque llevar al niño al hospital puede significar emplear el dinero necesario para alimentar al resto durante días… o semanas.

Hasta que un día ya no pueden esperar más.

Kadidja, de dos años y medio de edad, llegó hace diez días en brazos de su madre, una mujer árabe, guapa, bien nutrida y vestida.

Traía a su hija cubierta por paños, como si quisiera ocultar la vergüenza de haber permitido que su pequeña llegara a ese estado de emaciación. Y no me extraña.

Así llegaron en su día Emmanuel -que falleció poco después de ingresar- y Patrice.
Así llegó este año la pequeña Synthia, la niña que nunca soltaba la jeringa vacía que la nutría y que terminó muriendo hace unos días.

Cuando desenterramos a Kadidja de la pila de telas que la ocultaban, no pude contener un jadeo corto, aspirado, de horror.
La pequeña (que no alcanzaba los siete kilos de peso), era un esqueleto cubierto por una piel parcheada. Tenía úlceras sobre las vértebras más prominentes de la columna y en los glúteos, el sacro y el periné.

No lloró al verme.
¿Cómo iba a hacerlo, si sus ojos estaban cubiertos por un tejido blanquecino que apenas dejaba libre media pupila?
Kadidja estaba ciega..

Sin fuerzas para mantenerse sentada, ha permanecido tumbada desde el día de su ingreso.
Como si se hubiera rendido a su destino, se niega a comer. Se arranca -con las pocas fuerzas que le quedan- la sonda que intenta obligar a su cuerpo a aceptar las fórmulas enriquecidas de UNICEF.

Parece que quiere morir.

Es cierto que la mayoría no llega en un estado tan extremo.
Pero siguen llegando muchos. Demasiados.

Cada año ingresamos entre 450 y 600 niños con desnutrición aguda severa.
Y casi siempre ocurre lo mismo.

La cosecha se recoge entre noviembre y diciembre. Durante unos meses hay comida.
Hasta marzo, las familias resisten.

En abril aparecen los mangos y alivian, durante un breve tiempo, el hambre de los más pequeños.
Pero a partir de mayo ya no queda nada.

El cereal que aún se conserva -dependiendo de cómo haya ido la cosecha- alcanza en el mercado precios inasumibles para la mayoría.
Empieza entonces la época más dura, la que aquí todos conocen y temen.

El hambre tiene estación.

Y este año, además, la sequía ha dejado los graneros casi vacíos.
Ni siquiera hay arroz.

Y aun así, muchos sobreviven.

EnganCHADos implantó el proyecto de malnutrición en 2016, cuando la mortalidad de los niños con desnutrición aguda severa alcanzaba cifras tan espeluznantes como el 85 %.

Hoy, mientras nosotros asumimos los costes de hospitalización, medicación y curas de los malnutridos , y UNICEF aporta las fórmulas terapéuticas enriquecidas, la mortalidad de los casos más graves se mantiene por debajo del 5 %.

Cuando el tratamiento deja de tener precio, las familias ya no tienen que decidir entre alimentar al resto de sus hijos o intentar salvar a uno.

Primer obstáculo superado.

Para evitar que la historia llegue a extremos como el de Kadidja, cada jueves, en el hospital, se revisa a los malnutridos dados de alta y mientras se realizan campañas de sensibilización que hablan de nutrición, de enfermedad y de prevención.
En las aldeas, estas actividades se llevan a cabo aprovechando las jornadas de vacunación, momentos en los que el personal formado puede detectar de manera precoz los casos de desnutrición leve y moderada, antes de que el cuerpo empiece a rendirse.

Sobreviven como Tamar y Grace, las gemelas que me tienen completamente enamorada y a las que, si todo sigue bien, podremos dar de alta mañana. Volverán la semana que viene revisar que todo va bien.

Grace vuelve a lucir el gorro rojo que Tamar le robó cuando ella estaba demasiado débil.
Tamar sigue recibiéndome cada día con una sonrisa viva, curiosa, casi desafiante, como si quisiera recordarme que sigue aquí, que no piensa rendirse.

Hoy se sientan, observan, reclaman atención.
Vuelven a ser niñas.

Porque aquí, cuando un niño vuelve a tener fuerzas para comer, sonreír o protestar, sabemos que se va a quedar.

No sabemos por cuánto tiempo.
Ni siquiera si ganará la guerra.
Pero podemos celebrar que, en esta ocasión, han ganado la batalla.

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