Sábado, 28 Febrero 2026 07:20

Bébédjia, a 24 de febrero de 2026 Cenicienta

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Bébédjia, a 24 de febrero de 2026

Cenicienta

—Mamá. Quiero hacerte una pregunta.
—Dime.
—¿Por qué sigues haciéndolo? ¿Por qué sigues ayudándome?

Cenicienta nació hace veinte años en el seno de una familia polígama.
Fue la única hija de su madre, pero le sobran hermanos por parte de padre.

Aquí, padre es la madrastra. Porque madre ya no está.

Cenicienta nunca fue demasiado guapa. Ni alta. Ni esbelta.
Su futuro lo marcó la moto que la atropelló en la infancia y la dejó coja, con dolor.
Ni demasiado guapa - a ojos de algunos- , ni alta, ni esbelta.… y además, handicapé.

Padre - la madrastra en este cuento- la quería en casa porque, a pesar de todo, era alegre, limpiaba bien y cocinaba de maravilla.

Su sonrisa fenestrada y sus heridas, visibles y ocultas, enamoraron a una nasara hace ya nueve años.
La historia comenzó con la blanquita intentando, sin éxito, despegar y desensibilizar la enorme cicatriz que decoraba su pata de palo… y terminó entre caricias y canciones que ambas escuchaban - y cantaban a escondidas- en la pequeña sala de kiné de Saint Joseph, que ya no existe en la actualidad .

Así, entre confidencias, horas compartidas y sueños, fue tejiéndose un precioso paño maternofilial, con cenefa blanca y negra y colores vivos en su interior.

Hubo un tiempo en que la nasara soñó una vida distinta para Cenicienta.
Una en la que compartirían hogar y familia mientras la niña crecía hasta convertirse en una princesa enfermera.

Pero la madrastra se negó, ofreciendo, sin despeinarse, a cualquiera de sus hijos varones en su lugar .

Cenicienta continuó su camino claudicante.

Y cuando digo claudicante, lo digo en sentido literal y figurado. Porque tropezó muchas veces -demasiadas - con la misma piedra. Se salió repetidas veces de la senda marcada y se perdió en la brousse, como antaño hiciera Caperucita.

Y al desviarse perdió la oportunidad de seguir viviendo en un precioso castillo que debía, ahora sí, recoger a otros niños igual de vulnerables -o más- y con la firme intención de no salirse del camino.

A pesar de las idas y venidas, de las caídas y sacudidas, Cenicienta consiguió, contra todo pronóstico, superar el temido BAC, para gozo máximo de su madre de adopción.

Mientras todo esto sucedía, mientras Cenicienta caía y volvía a ponerse en pie, seguía tejiéndose el precioso y singular paño maternofilial.
Cada vez más colorido.
Cada vez más extenso.

Ha necesitado remiendos este valioso tafetán, eso sí. Pero nada que no pueda solucionarse con un zurcido de cariño en colores cálidos.

— A veces me miro, mamá, y me detesto. Y no sé por qué.

Su madre nasara le dice que ella tampoco lo entiende.
Porque se ha convertido en una mujer fuerte y bella por fuera y por dentro.

—¿Por dentro? ¿Cómo sabes cómo soy por dentro?

Y mientras la madre observa cómo su pequeña come el plato de cuscús con ratatouille que le acaba de servir, le explica que una siempre sabe cómo son sus hijos. Aunque estos se esfuercen en ocultarlo.

Mi hija chadiana ha venido hoy a verme desde Doba, donde ha comenzado sus estudios universitarios para convertirse en matrona.

—Mamá. Quiero hacerte una pregunta.
—Dime.
—¿Por qué sigues haciéndolo? ¿Por qué sigues ayudándome?

Porque eres mi hija.
Porque te quiero y confío en ti.
Porque quiero que te conviertas en una mujer independiente.
Porque deseo que seas la mejor matrona de todo Chad.
Y porque tus actos del pasado no definen quién eres. Yo sé quién eres.

La princesa mira hacia abajo mientras dibuja círculos en la arena con su sandalia.

—¿Te esforzarás? Esto es lo único que le pido a mis hijos: que se esfuercen y que sean buenas personas.
—Sí, mamá.

Y así, de la mano y serenas, hemos paseado nuestro cariño por el recinto del hospital que vio nacer nuestra particular historia de amor.

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