Bébédjia a 20 de febrero de 2026
Cuando vuelven
En Chad, hacerse mayor no siempre ocurre despacio.
A veces sucede casi de un día para otro, cuando un niño desaparece durante semanas y regresa convertido en algo distinto.
Aquí lo llaman iniciación. Y, aunque cada etnia tiene sus propios ritos, el resultado es siempre el mismo: el niño deja atrás la infancia y entra en el mundo de los hombres.
Dicen que es un rito voluntario. Y probablemente lo sea. Aunque también es verdad que casi ninguna familia quiere que su hijo quede fuera, porque no iniciarse significa permanecer en un territorio ambiguo dentro de la comunidad, sin reconocimiento pleno, suspendido entre la infancia y la vida adulta.
Generalmente el rito se celebra durante la adolescencia, aunque algunos se inician con apenas ocho o nueve años.
Tercero o cuarto de primaria.
¿Os imagináis?
Iniciarse no es barato. El desembolso inicial ronda los 5.000 francos y después llegan los pollos, los sacos de mijo y la comida para quienes acompañarán el ritual. Porque el niño no va solo. Comparte semanas con otros futuros iniciados y con los adultos que guiarán el proceso. Es una forma de decir que deja de pertenecer únicamente a su familia para pasar a pertenecer al grupo.
Una vez realizado el pago, los chavales desaparecen.
Durante uno, dos o tres meses dejan de ser visibles en el pueblo. Viven apartados, guiados por los mayores. Allí estudian una lengua secreta que nadie ajeno al rito puede comprender. Aprenden las historias y normas de su pueblo, a reconocer plantas y frutos - los que curan, los que adormecen y los que pueden matar -, a sobrevivir en la naturaleza y a defenderse.
Y también a luchar.
El aprendizaje no siempre es simbólico. A veces llega en forma de golpes. El miedo y el silencio forman parte del proceso, igual que las máscaras que ocultan sus rostros cuando atraviesan los caminos más transitados.
Y un día, vuelven.
Cuando vuelven, ya no compartirán habitación con su madre ni recibirán órdenes de ella. El cordón umbilical se habrá roto. Algo esencial habrá cambiado.
Cuando vuelven, deberán demostrarlo. Mostrar su hombría a golpes frente a las mujeres de la casa que, arrodilladas, aceptarán los reveses de su hijo o de su hermano - aquel al que cuidaron, con quien compartieron comida y conversaciones - como parte del rito. Desde ese día ninguna mujer podrá darles órdenes. Ni siquiera su madre.
Cuando vuelven, dejarán de tocar una marmita. Otros les servirán la comida. Siempre.
Todo cambia cuando vuelven.
Muchos abandonan la escuela. La autoridad adquirida los vuelve, a menudo, rebeldes indisciplinados dentro de un sistema que ya no reconocen como propio.
Aquí la vida se mueve en un equilibrio frágil entre tradición y cambio.
La tradición, siempre por encima de la religión y muchas veces, por encima incluso de la ley.
La modernidad avanza despacio, demasiado despacio. Quieren vivir mejor, sí, pero sin dejar de ser quienes son. Si. Perder su identidad.
Y mientras observo a “mis pequeños” dormir, con sus madres sentadas junto a la cama, espantando moscas y miedo, me pregunto si algún día también ellos cruzarán ese umbral. Si llegará el momento en que tendrán que alejarse del cuerpo - y del abrazo- de quien hoy vigila sus sueños.



