Bébédjia, a 23 de febrero de 2026
Vuelve la brisa
Amaneció un poco más fresco de lo habitual, con una suave brisa que me ha llevado de un lado a otro, como ya hiciera aquel 26 de febrero de 2025.
Y pienso si este lunes no nos habrá regalado esa temperatura agradable de buena mañana para amortiguar, de alguna manera, que esta madrugada nos ha arrebatado a dos niños de la urgencia.
Todavía lloraba la madre del malnutrido de la cama 3 cuando hemos llegado a las siete. Lloraba mientras la abuela intentaba cerrar ojos y boca con sus manos, como queriendo borrar la expresión -mezcla de dolor y sorpresa- que el pequeño exhibía antes de marchar.
¿Cuántas veces habré visto ya ese gesto a lo largo de estos años?
La habitación bonita sigue bonita, y, en la habitación contigua, las gemelas malnutridas, Grace y Tamar, mejoran lentamente. Tamar pone cara de cachondeito cuando me ve, porque sabe que, aunque el pase de visita es algo serio - y más hoy, con el nuevo director acompañándonos-, la nasara encontrará el momento para crear una lluvia mágica de pompas de jabón o amagar unas cosquillas que nunca llegan.
Sí. La habitación donde están las gemelas es también muy bonita.
Y ligeramente maloliente, también os digo.
Seguíamos en ese medio frescor cuando hemos llegado a la habitación de Crispín, el niño de seis años con drepanocitosis que acumula la friolera de doce transfusiones en el último mes y medio y cuya familia -lo sospecho, aunque ya veremos el desenlace- probablemente acabará llevándoselo al village para morir allí.
Crispín ya no tiene dolores, pero jamás lo he visto sonreír. Tampoco hoy. Hace más de una semana le regalé un autobús amarillo que, sin embargo, no suelta ni para dormir.
Al salir de la pediatría, la brisa, antes fresca, se volvió caliente y pesada. Me rodeó y me acompañó durante el resto de la mañana -seca, densa- mientras intentaba resolver casos imposibles: vértebras comidas por Dios-sabe-qué-bicho, paraplejias enigmáticas y lesiones dermatológicas floridas y quemantes en cuerpitos de cuatro años.
Todo
despacio.
Y pesado.
Sin haber resuelto por completo ninguno de los casos -faltan pruebas, faltan medicamentos o faltan ambas cosas a la vez- he ido a ver a Paul y Pauline, los gemelos prematuros, y a su compañero desde hace tres días, al que las matronas, en un despliegue máximo de sorna, han bautizado como Paulin.
¡Ea!
Mis tres pseudotocayos embutidos en una incubadora que parece un vientre materno multicolor.
Pauline y Paulin evolucionan bien.
Pero Paul… Paul no creo que lo logre. Siempre fue el más débil de la pareja y ahora pierde peso a marchas forzadas.
En esta misma maternidad, esta tórrida mañana, ha nacido un bebé muerto. Y en lo que va de mes van tres.
El aire caliente, sofocante, sigue ahí.
Solo deseo quitármelo de encima bajo mi modesta ducha de agua fría, dejar que el escuálido chorro arrastre la pena, la sensación de ineficacia y el desasosiego de quien teme otro desenlace fatal.
Ojalá mañana una brisa fresca nos acompañe, sin ceñirnos, dejándonos respirar.
Inshallah.