Bébédjia, a 22 de febrero de 2026
Rumbo al sur
Camino a Bebotó hay una pista tortuosa de arena que, en época de lluvias, se inunda tanto que deja durante meses incomunicados a los habitantes de esta ville, misioneras incluidas. Antes de que lleguen las lluvias deben preverlo todo: comida, medicación…lo necesario para sobrevivir meses lejos de la “civilización”. Porque, si alguien enferma entonces, el camino deja de ser camino y se convierte en frontera.
Estoy convencida de que las guadalupanas podrían recorrerla de noche y sin luces, guiándose por lo aprendido tras recorrerla tantas veces…cada curva, cada bifurcación, cada tramo traicionero donde la Toyota decide, sin previo aviso, que ya no quiere continuar.
Al que la ruta sí pilló por sorpresa fue al conductor que nos llevó la semana pasada. El nos regaló una experiencia inmersiva entre safari y montaña rusa de feria, con zarandeos suficientes como para recolocar cada víscera, caprichosamente, en un nuevo lugar.
En el camino aparecen karités y nerés, acacias y mangos - cada vez más abundantes conforme avanzamos hacia el sur- . Este año hay menos campos quemados que otras veces. El fuego llegará más tarde, cuando apriete el hambre al final de la estación seca. Las llamas obligan a salir a las ratas de sus madrigueras y comienza la caza de este apreciado manjar local.
Hemos visto mujeres caminando con bebés, leña y sacos de cereal elegantemente equilibrados sobre sus esbeltos y fibrosos cuerpos.
Niños asando una rata mientras la sujetaban por la cola, con la naturalidad de quien prepara una brocheta para cenar.
Señores en bicicleta transportando cargas que desafían las leyes de la física.
Niños-ganaderos mbororó guiando cebúes hacia el sur.
Y motos donde viajan cinco personas perfectamente ensambladas, como si alguien hubiera resuelto un complejo problema de geometría humana.
También vimos adolescentes cubiertos con máscaras de cal y paja, plumas simulando orejas puntiagudas, quizá participantes de algún rito de iniciación.
Y una aldea entera, separada por edades y sexos, sentada bajo un enorme mango. Sin hacer nada. O quizá haciendo lo más difícil: simplemente estar.
Más adelante, niños golpeaban con largos palos las ramas altas para hacer caer los mangos, que este año cuelgan más abundantes y grandes que en temporadas anteriores, quizá porque el calor ha apretado más. Aún están verdes, pero pronto estarán listos para comer.
Y es que
hace
tanto
calor…
El camino a Bebotó me encanta.
A pesar del polvo que se pega a la piel.
A pesar del traqueteo que lo sacude todo.
A pesar de la temperatura, que todo lo ralentiza.
Mancharme las manos y recordar la suerte que tengo.
Recibir sacudidas y recolocar mi vida.
Parar.
Quizá precisamente por eso sigo poniendo rumbo al sur.