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Lunes, 23 Febrero 2026 18:46

Bébédjia, a 18 de febrero de 2026. Entre dos habitaciones

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Bébédjia, a 18 de febrero de 2026

Entre dos habitaciones

Ya tenemos habitación bonita.

Es bonita porque en ella está “José”, con sus manos cerradas y sus movimientos temblorosos.
Porque ya ha empezado a mamar -y, tristemente, yo he dejado de “dedar”-.

Es bonita porque la comparte con un precioso y canijo “hijo de Nathalie” (otro sin nombre) que, a pesar de su minusculez, mama con una fuerza que da gusto ver.

Es bonita porque no huele demasiado mal y porque tiene un cristal que la separa del control de enfermería, aunque el cristal esté roto y algunos días se llene de moscas.

Es, en cualquier caso, más bonita que la urgencia, sala ampliada y remodelada por enganCHADos en 2022.

Hoy, gracias a que José ya no tiene fiebre, ha salido de allí.
Y la urgencia -que dejó de ser aquel pasillo donde se hacinaban los niños más graves- se ha convertido otra vez en un lugar triste.

Adam llegó esta mañana con fiebre alta, dificultad respiratoria y la mirada perdida.
Había convulsionado poco antes. Todo apuntaba a una malaria cerebral.

Le pusimos oxígeno, analítica… y, antes incluso de confirmar el diagnóstico, el laboratorio avisó: anemia severa.
Había que transfundir.

Se comprobó el grupo sanguíneo , y se habló con la familia para encontrar donante.
Y entonces ocurrió algo que yo no había vivido nunca.

Hoy comenzaba el Ramadán y el padre pidió esperar hasta la tarde.

El tiempo, aquí, pesa distinto.

Cuando finalmente la familia aceptó a que todo se realizara antes de las seis y empezaron a pasar las primeras gotas de sangre, Adam ya estaba demasiado lejos.

Aquí nadie corre ni grita.
Solo pasan segundos muy largos mirando unas pupilas que no responden.

Intentamos reanimarle. Ambú. Compresiones. Silencio.
Y al poco, el Dr. Richard me indicó con la mirada que parara.
Aquí también se aprende cuándo insistir deja de ser ayudar.

Maldita malaria.
Un parásito diminuto que hoy probablemente también se ha llevado a una madre en maternidad, dejando otro bebé huérfano en este hospital en el que hoy cuesta respirar.

Durante todo ese tiempo el padre permaneció sentado en la cama, inmóvil, mirando.
No dijo nada.
No lloró.

Cuando todo terminó y el equipo retiraba suavemente las gafas nasales y la vía, cogió el teléfono y empezó a llamar.

Hoy no ha habido gritos en Saint Joseph.
Solo dos despedidas silenciosas.
Y mucha arena en suspensión.

He salido de la sala y he vuelto a la habitación bonita.
Los padres de José, divertidos, me han entregado a su pequeño para que le hablara en esa lengua rara de la nasara mientras le acariciaba la frente y la naricilla. Estoy segura de que les desconcierta que alguien quiera tanto a un bebé que ni siquiera tiene nombre.

Y sin saberlo, el pequeño José ha sido quien hoy me ha consolado a mí.

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