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Lunes, 23 Febrero 2026 18:45

Hoy amaneció gris

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Hoy amaneció gris.

No os preocupéis. No es una metáfora.
Hay nubes - gracias a Dios - y la temperatura es más soportable.
No solo amaneció cubierto, sino que el polvo en suspensión ha regalado al día un cierto aire londinense.

“En plus”, como dirían por aquí, hoy el simpático jardinero (simpático de verdad, no es ironía) ha decidido que ya era hora de quemar tooodos los montoncitos de hojas que llevaba días acumulando.

Nubes + calima + humo + cenizas = día plúmbeo.

Los ojos pican, la garganta pica - con razón lleva mascarilla hasta el apuntador- y olemos a chimenea… pero, al menos, hoy el sol no duele. Que ayer casi se derriten todos los ingredientes de nuestro guiso humano.

Y aunque el día empezó gris, hubo personas y pequeños momentos que fueron añadiendo color poco a poco a las horas vividas.

El primer trazo - verde, esperanza -lo puso José, al que hoy he vuelto a “dar de mamar”
Porque, claramente, prefiere mi meñique enguantado al pezón de su madre. No es algo que me tranquilice - en realidad me inquieta bastante que no se enganche -, pero ha recuperado el reflejo de búsqueda y succión. Cada día chupa con más fuerza. Abre los ojos. Empieza a mirar. Responde a los estímulos . Está volviendo.

El rato en el que le trato y le “doy de dedar” se ha convertido, sin discusión, en el mejor momento de cada mañana.

A José se le han sumado dos niñas más con sepsis neonatal. Entre las dos no alcanzan los cuatro días de vida. Ambas nacidas en casa.
Veremos si en los próximos días pueden quedarse también dentro de este lienzo que intentamos sostener.

Mientras atendía a José, la minúscula -y malnutrida- Grace ha dibujado un gran círculo rojo golpeando un improvisado tambor: una lata vacía de leche en polvo servía de membrana y una moneda de 25 francos de baqueta .
Música y color en una habitación llena de niños graves, concentradores de oxígeno y un persistente olor a orina.

El tercer trazo ha sido naranja, y lo ha dibujado Zara con el brillante velo que cubría su cabello. La pequeña que conocí en 2018, aquella niña diminuta que cuidaba de su hermana enferma y que un día corrió hacia mí para abrazarme sin previo aviso, ha venido a saludarme a las « chambres » como acostumbra a hacer cuando se entera de que los nazaras han vuelto a la ciudad. Está mayor -tendrá unos trece - y me duele pensar que pronto la casarán con un hombre mucho más mayor y que su cuerpo aún frágil albergará una vida demasiado pronto.

Pero no adelantemos tristezas.

El caso es que hoy ha vuelto a correr hacia mí. Nos hemos abrazado, nos hemos acariciado la cara y hemos hablado como siempre: con los ojos, con la sonrisa y con las manos. Porque ella no habla francés y yo sigo sin saber suficiente árabe para mantener una conversación sencilla… pero, al parecer, no nos hace falta.

El último color ha sido azul del la Fundación el Compromiso, cuando la sala de sesiones de Saint Joseph se ha llenado de voces y de trajes de todos los colores mientras impartíamos formación Pelagie - jefa de enfermería de pediatría -y yo junto a dos compañeros de Fuenlabrada vía webinar.

Verde, rojo, naranja, azul.

Así terminó el día que había empezado ceniciento.

Y pensé que quizá aquí los días no cambian porque salga el sol, sino porque alguien - aunque sea muy pequeño - decide añadir un poco de color.

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