Relatos enganCHADos
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Saint Joseph, nuestro hospital hermano en el sur de Chad, es un sitio mágico. A nadie deja indiferente. Todo el que pasa por aquí vuelve cambiado. Alguien lo definió como el infierno mas bonito del mundo y su belleza, insisto, no reside en el paisaje, sino en sus gentes. Es difícil encontrar un hospital abierto en muchos cientos de kilómetros a la redonda, aquí llegan los más fuertes entre los moribundos buscando un milagro. A veces se consigue, aunque este año la situación es grave. Después de una época lluviosa que ha supuesto la más feroz de las malarias recientes, con altísima mortalidad de la población pediátrica, ahora nos asola una pequeña epidemia de fiebre tifoidea con perforaciones intestinales.

La fiebre tifoidea esta prácticamente erradicada en Europa, sin embargo en los países del sur campa a sus anchas. Producida por la famosa Salmonella, se ha ido haciendo resistente a diferentes antibióticos, aunque normalmente con una semana de un antibiótico tan común y barato como el ciprofloxacino suele bastar para tratar al paciente. Ahora bien, si no se diagnostica y trata a tiempo, cuestión que es una quimera en este país sin hospitales abiertos y con una superstición e ignorancia elevadísima que hace que incluso nuestros enfermeros acudan en ocasiones al curandero, las consecuencias son terribles. Una simple gastroenteritis deviene en un cuadro séptico generalizado y en la tercera semana el intestino del paciente comienza a sangrar y a perforarse. Resultado, hasta el 60% de los pacientes pueden morir, aquí más debido a la falta de cuidados intensivos.

Nuestro quirófano y la modesta sala de reanimación que inauguramos el febrero pasado han funcionado a todo gas para intentar salvar a estos cuatro jóvenes con peritonitis difusa que, como ocurre tantas veces por aquí, han agotado todos los recursos antes de acudir al hospital. Hemos vaciado litros de pus de esos abdómenes, extirpado la zona afecta del intestino y administrado varios antibióticos de amplio espectro a cada paciente. El resultado de esta desigual batalla entre una enfermedad infecciosa avanzada y nuestra falta de recursos ha sido devastador. Solo uno de los pacientes continua con vida. Todos los esfuerzos han sido inútiles, hemos colocado vías centrales, incluso hemos utilizado adrenalina para tratar el shock, pero aún así estos pobres niños y jóvenes se nos han escapado entre los dedos. La magia de los Nassaras no da para tanto. Las misioneras imprescindibles aquí, Elisabeth y Lourdes, médicos las dos y veteranas en este frente contra la muerte intentan consolarnos, pero la impotencia es enorme...

Alfonso Antequera

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