Relatos enganCHADos
NUEVO Boletin EnganCHADos
  • fr-FR
  • English (UK)
  • Register

En unos días emprendo un viaje largo. A otra cultura, a otro continente y, de alguna manera, a otro tiempo.

Hay un hospital en el centro de África que, por esos hilos invisibles que tiene el tejido de la vida, ha resultado estar cosido a la mía. Quiero contaros la historia de esta “tela de araña”, hasta aquí y hasta ahora. A mi manera de contar las cosas.

Hace alrededor de dos años, Alfonso viajó a ese hospital por primera vez. Los motivos (los hilos invisibles) que le llevaron allí, son parte de otra historia. O de la misma, quién sabe. Pero no puedo tirar para atrás hasta el principio de los tiempos, que no es plan de aburrir al personal más de lo estrictamente necesario.

El hospital tiene un nombre: St. Joseph. Se encuentra en una población del sur de Chad llamada Bebedjia. Aquello es, a nuestros ojos occidentales, un desastre; un caos de organización, falto de medios, de recursos, de personal, de infraestructuras. No se parece en mucho a lo que entendemos aquí por hospital. Aún así, es lo que tienen, es lo que hay. Solo había un médico autóctono, chadiano, que recientemente ha dejado de trabajar allí. El resto de los médicos “fijos” son extranjeros y son dos. Una mujer lleva todo el peso de la asistencia quirúrgica y obstétrica: sor Elisabeth. Es italiana y religiosa comboniana. Otra mujer, sor Lourdes, mejicana, atiende la Pediatría y la Medicina Interna. Un puñado de enfermeros chadianos hacen a su vez de anestesistas, cirujanos, supervisores de hospitalización, matronas… Muy pocos medios diagnósticos. Un quirófano mal dotado.

Hay, además, otras personas de paso. Cooperantes. Yo seré una de ellas. Estamos por allí unas semanas, unos meses, y regresamos a nuestras vidas. Mientras, echamos una mano, tapamos un hueco, cubrimos una “necesidad” que no lo es tal, pues al marcharnos deja de ser cubierta y deja de ser necesaria. No les queda otra que seguir.

En este momento, tenemos desplazado a un matrimonio de médicos mejicanos –Álex, anestesiólogo y Sylvia, médico de familia, que estarán hasta agosto. Antes estuvo Carmen seis meses. Antes de Carmen, Javier, Pilar y Chema un mes. Antes de ellos, Alfonso y Rosa otro mes… Hay también algún oftalmólogo de Ilumina África, y una farmacéutica de Fundación El Alto. Y así se va capeando el temporal en St. Joseph. Es más que nada, pero no es gran cosa.

–A Elisabeth le han concedido una estancia un mes en el Hamlin Fistula Hospital de Etiopía. Nos pregunta si podemos mandarle un cirujano que la sustituya en junio. ¿Quieres ir tú?

Así me recibió Alfonso una mañana de marzo al entrar en la sala de reuniones del Servicio de Cirugía del hospital en el que trabajo. No recuerdo haberme quedado pensando demasiado rato en la respuesta.

–Mmmm… ¿Por qué no? Sí. Voy.

–Tienes tres meses para aprender francés –terció Javier.

Nadie aprende un idioma en tres meses. Es obvio. Incluso, contando con la buena voluntad, mejor disposición, e indiscutible savoir-faire de Ángela, nuestra maestra, que ayuda a los niños ingresados en Pediatría del Hospital de Fuenlabrada a no perder el ritmo del colegio y a no perder la sonrisa. Es un servicio que ofrece la Consejería de Educación de Madrid en los hospitales públicos.  Los maestros son funcionarios, pero el dar y sostener sonrisas no está entre las competencias de la Amministración. Eso corre por cuenta de las personas. Ángela se ofreció altruistamente a darme clase. Sin embargo, tampoco pensé que el idioma fuera a ser un problema. De repente, tenía un objetivo, un plan: aprender todo el francés que me fuera posible y sustituir a sor Elisabeth. Me gustaba el plan. Solo puse una condición: que viniera un ginecólogo conmigo.   

Viajar a un país del centro de África, con otra cultura desconocida para mí, otro idioma que tampoco hablo, a atender unas enfermedades con las que no estoy familiarizado, a un hospital con muy escasos medios, y sin que esté allí la cirujana que lo dirige desde hace años, ya suma una lista suficiente de retos. Hacerlo, además, en solitario podría rozar la temeridad.

Se acercaba mayo, había que cerrar con antelación la planificación del trabajo de los meses de verano en el servicio de Cirugía del Hospital de Fuenlabrada, y mis compañeros necesitaban saber si yo iba a viajar para organizarse si mí. El ginecólogo no aparecía y el viaje estaba en el aire. Me puse una fecha tope. Si el 1 de mayo no hay ginecólogo, no voy.

–De acuerdo– respondió Alfonso, consciente de que no podíamos demorar más tiempo la decisión. Había mucho que organizar. –Pero no seas tan estricto –añadió–. Nos damos de margen hasta la vuelta del puente. Si el día 3 no hay ginecólogo, abortamos la misión.

El día 1 de mayo era domingo y me fui a ascender el pico Peña Prieta. Es la cumbre más alta de la provincia de Santander, y la más alta del macizo de Fuentes Carrionas, en la montaña palentina. Había nevado mucho pocos días antes y disfruté de una ruta invernal preciosa, con el cielo limpio, claro, sin una nube. Fui solo. Hay rutas que se pueden hacer en solitario. Dificultades razonables, lugares muy transitados donde no faltará ayuda o compañía en el momento necesario. Otras, no. Es imprescindible la colaboración de dos o más personas para instalar medidas de seguridad (instalar cordadas, reuniones…) y poderse socorrer en caso de accidente o lesión. Haberme ido solo a Chad hubiese sido como tratar de subir al Almanzor un día de entre semana de invierno, sin crampones, sin piolet, sin abrigo… y solo.

El día 2 de mayo es festivo en Madrid y yo tenía guardia. Hice el viaje de regreso la noche anterior. Esa mañana recibí el mensaje de Rosa: “Tienes ginecóloga. Se llama Anita”.

No tengo muy claro qué voy a poder hacer en Bebedjia casi con solo mis propias manos. La cooperación nos plantea muchos dilemas y preguntas sin respuesta a los que nos hemos implicado alguna vez en ella. Probablemente no sea mucho, ni muy imprescindible, y me encuentre con bastantes situaciones que me resulten frustrantes, ante la impotencia de tener que dejar que alguien pierda un brazo, o una pierna –o la vida…– por la falta de medios, algunos relativamente sencillos, con los que contamos en los países occidentales.

Lo que sí que tengo claro, lo que sé con certeza, lo que ya he experimentado, lo que tiene para mí mucho más valor que mi viaje y que todos los viajes que lleguemos a realizar, es lo que está pasando aquí, en nuestro hospital, entre nuestros compañeros de trabajo: médicos y enfermeros algunos; administrativos, gobernantes, celadores, servicios comunes, mantenimiento, la mayoría. Sus familias, los colegios de sus hijos, los vecinos de Fuenlabrada, sus asociaciones (clubes deportivos, grupos de teatro, de músicos, academias de pintura…), instituciones (el Ayuntamiento, el propio hospital). Es un proyecto que nace de una ilusión colectiva que no sabíamos que existía. Estaba en nuestra sangre y en nuestros corazones. Se ha destapado, se ha desbordado y se contagia. Le hemos puesto un nombre que suena como un eslogan. Es EnganCHADos. Es largo de explicar. Lo haré otro día. Cuando vaya teniendo hueco. Mientras tanto, os iré contando el viaje.


En Fuenlabrada, el 31 de mayo de 2016.

Daniel Huerga
http://danielhuerga.blogspot.com.es/2016/06/un-viaje-largo.html

 

Este sitio web utiliza cookies para su correcto funcionamiento. Si continúas navegando, aceptas su uso