Relatos enganCHADos
NUEVO Boletin EnganCHADos
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Hace unas semanas Juan, mi compañero de batallas en enganCHADos, me animó a entretejer algunas de mis vicisitudes chadianas. Me gusta escribir, pero siempre he preferido por timidez dejar mis sencillos manuscritos al cobijo de la intimidad de mis diarios...Escribe.... ¡No las reserves todas para ti! Me vuelve a insistir…

¡Pues allá voy! Hace ya casi dos años tuve la oportunidad de visitar este rincón del corazón africano llamado Chad con Alfonso Antequera, cirujano del Hospital de Fuenlabrada. Era mi primer viaje a África y nunca imaginé que cambiaría tanto mi vida y mi visión acerca del mundo.

Cuando llegué allí me asombré de que en apenas unas doce horas de vuelo me encontraba en otra  realidad ¡tan distinta a la mía! Dejaba atrás un país lleno de comodidades...  ¡África existía más allá de los reportajes que vemos por televisión y que luego tan pronto olvidamos! Muchas cosas  me llamaron la atención, además del calor en pleno mes de enero o los cantos nocturnos de las mezquitas de Djamena, capital chadiana. Una de ellas fueron sus caminos dorados y arenosos, bordeados de palmeras, mangos y karité, frecuentemente transitados por mujeres esbeltas, ataviadas de color y de niños a la espalda, haciendo equilibrios para transportar durante kilómetros, a la vez, barreños de agua sobre sus cabezas y leña para encender sus hogares de tierra y, en torno a ellas, el revoloteo de numerosos niños, alegres, frecuentemente descalzos y polvorientos, que te observan asombrados detrás de una amplia sonrisa al ver blanquitos (nazaras nos llaman), en ocasiones por vez primera. A nosotros, en cambio, nos sorprende que en Chad ¡apenas hay ancianos!, la esperanza de vida es inferior a los 47 años.

Ya en el Hospital de Saint Joseph, uno se da cuenta de la gran suerte que hemos tenido de nacer donde hemos nacido… a pesar de que actualmente  vivimos una recesión económica severa... nada es comparable con las condiciones de vida de la población chadiana. En un hospital se concentra (aún más en Chad) el dolor,  viviéndose de primera mano muchas historias humanas en las que es difícil predecir qué futuro tendrán...

El Hospital de Saint Joseph de Bébédjia nació hace cerca de 20 años, en 1994, inaugurándose el día internacional de la mujer trabajadora, con una vocación de atención prioritaria a la mujer y a los niños. La pediatría y la maternidad tienen un gran peso en este hospital. Gestionado en un principio por 4 misioneras combonianas, tuvieron que ganarse la confianza y el respeto de la población de Bébébjia superando día a día numerosos  tabúes sociales por ser mujeres. Las  principales enfermedades que les afectan son de carácter infeccioso, muchas de ellas tiempo atrás erradicadas o con un tratamiento efectivo y accesible en occidente. La malaria va a la cabeza de todas ellas, siendo la causa más frecuente de mortalidad, seguida del sida, la desnutrición y la tuberculosis. Además son frecuentes las enfermedades respiratorias, la meningitis, el tétanos y la poliomielitis en niños, sino están vacunados. La poliomelitis ha dejado a un gran número de personas con disminuciones físicas severas, en la mayoría de los casos no pueden tener acceso a prótesis o sillas de ruedas, que allí son un verdadero lujo. 

Por otro lado, los problemas sanitarios en la zona han ido en aumento desde el comienzo de la explotación petrolera en el año 2003 en las proximidades de Bébédjia, debido al aumento de la población, la carestía de vida y el incremento de las enfermedades de transmisión sexual, con el Sida a la cabeza.  Al hospital llegan muchos enfermos que han tenido que viajar kilómetros y kilómetros para poder ser atendidos, a veces en condiciones en las que  poco o nada puede hacerse, cuando ya han agotado otras posibilidades sin éxito, como la visita a curanderos o chamanes, que aún siguen teniendo un gran peso social.

Nuestras funciones allí discurrían para el doctor  Alfonso entre el quirófano y las visitas a pacientes y para mí, veterinaria, junto con Cristián Corvalán, nuestro traductor, en  la recopilación de toda la información técnica posible para elaborar un diagnóstico sobre la situación del hospital.

A pesar de este panorama un tanto desalentador mis compañeros de viaje, ya me habían advertido de que en África circula un virus que engancha y que si te infectas lo haces para siempre... De esto fui consciente a mi regreso, ya que desde ese momento, no hay un sólo día que no recuerde lo que allí viví y sentí. Y es que cuando conoces su gente uno se queda asombrado de cómo afrontan su día a día sin perder apenas la sonrisa, compartiendo contigo la mayor de las veces lo poco que tienen.

Por otro lado, el trabajo, la dedicación y la entrega que prestan los misioneros, como Sor Elisabeth Raule o Sor Magdalena Ribas, actual y antigua directoras del Hospital de Saint Joseph, y todas las demás personas que tuve la oportunidad de conocer, fueron ejemplo para mí de lo que podría intentar hacer para traer un poco más de justicia social a este mundo. Y sobre todo comprender  que el poder de ese cambio reside en cada uno de nosotros, en la entrega y el desempeño sin pensar que “esto me queda demasiado grande”...o en el  fracaso... No ha habido ni un solo día desde entonces en el que no reserve alguno de mis pensamientos y acciones para este hermoso país. En ese propósito me uní al sueño de  Alfonso, para poner a rodar EnganCHADos unos meses después de nuestra llegada, materialización de una idea compartida.

Una especial mención deseo hacer a las mujeres que  he conocido en esta aventura de vida a Chad...mujeres fuertes, mujeres valientes,  risueñas y dulces…¡mujeres salvajes!...aquellas que a pesar de sus circunstancias sociales o culturales encuentran momentos en los que  revelar plenamente su esencia femenina al abrigo, en ocasiones, de otras mujeres con  las que comparten la profundidad de su ser, cuando lloran en silencio por un hijo muerto o recuperan  al que ya creían perdido por la malaria o la desnutrición y también ¡cómo no! cuando se desternillan de la risa mientras criban mijo o sorgo haciendo de ese momento de trabajo una gran fiesta...Son múltiples las historias de vida que nos podrían contar, muchas crudas, algunas con final feliz...Chad es una realidad y la pobreza también.

Desde hace dos años no he vuelto a Chad, sería mi gran ilusión regresar, sin embargo este periodo de vida de enganCHADos ha supuesto desde aquí un emocionante viaje, en el que he tenido la suerte de poder conocer más profundamente a un maravilloso equipo de trabajo y entre ellos a grandes mujeres y niños para los que la solidaridad se ha tornado en un valor esencial para su vida. Dos de estas mujeres son Magdalena Rivas y Elisabeth Toledo, almas incansables llenas de valor, amor y compasión a las que estoy profundamente agradecida por haberme mostrado, al abrazo de su calor y cariño, su hogar, Chad, a través de sus vivencias personales. Gracias a ellas he podido comprender mejor la realidad social y cultural para dar forma a todo lo que aprendí en  mi breve estancia.

Otra parte de mi viaje con enganCHADos, no menos emocionante, ha sido conocer a Luisa Acevedo, que desde Chile, en octubre, nos abrió las puertas del Colegio Coya,  para presentarnos en persona la importante labor de concienciación social y ayuda a enganCHADos que lleva a cabo con los niños y adolescentes del centro. Allí  nos tenían preparada una cajita llena de sorpresas y de cariños para el Hospital de Saint Joseph y es que ¡Ni un solo niño del colegio desconoce dónde está Chad! Niños y jóvenes trabajan valores de compromiso y solidaridad con realidades más pobres que ya aplican en su vida cotidiana.

Todas las  personas que formamos parte de  enganCHADos nos reconocemos en los niños, mujeres y hombres chadianos, sintiendo como nuestras sus experiencias de vida... aprendiendo de ellas para transformar su mundo y el nuestro. Siento que a  través de enganCHADos no sólo queremos  aportar nuestro granito de solidaridad a través de expediciones médicas y la ayuda al funcionamiento de un hospital, sino además un firme compromiso de vida de todos sus miembros con el amor y la justicia social.

Iratxe Pérez Cobo

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